La desconexión (Cuento. Texto completo)

     


 


       LA DESCONEXIÓN
por Fede Ferraro



       Frustración, resignación y decepción. Esos eran los sentimientos por los que naufragaba la mente de Gerardo mientras miraba las últimas noticias sobre política en la pantalla de la TV. En su fuero interno se encontraba frustrado, resignado y decepcionado por haber confiado alguna vez en algún candidato, alguno de esos individuos que mediante promesas manipulan los deseos del pueblo, y los dirigen a su favor en época de elecciones. Gerardo era un hombre joven. Sólo una vez había confiado y había depositado su ilusión en un candidato, a quien había dirigido su voto. Y su desazón fue grande cuando los impuestos subieron junto con  la inflación en un plan de riguroso ajuste económico impulsado por el presidente que él había elegido.

       Lo que le molestaba más aún que el agujero que la política había hecho en su propio bolsillo eran las cifras de la pobreza. Crecían cada mes, y casi medio país había descendido a esa escala social, culpa tanto del presente gobierno como de los que lo habían precedido. De modo que este estado de insatisfacción en el que Gerardo se hallaba creció aquel día. Y al crecer generó en él una decisión drástica. Se desconectaría. A partir de ese momento no volvería a mirar TV ni escuchar radio; tampoco volvería a leer ningún periódico, ni miraría ya las notas sobre economía o sobre política que le llegaban constantemente y en forma invasiva a la pantalla de su teléfono móvil.

       Frustrado, resignado y decepcionado como estaba, ya no le daba importancia a lo que deparara la política, por ver que quienes la representaban no eran para nada confiables. El disparador de semejante decisión fue la disquisición de una periodista, una tal Cristina Pérez, a la que Gerardo prestó especial atención cuando dijo: "Es que por culpa de la crisis a la que nos fueron llevando hoy hay gente que está no sólo descreída, sino ya completamente desconectada de la política y de lo que ocurre en ella".

       Mucha gente reclama el derecho a la desconexión laboral, pero la necesidad de desconectarse que nació en Gerardo llegó mucho más allá, representando una desconexión casi completa entre individuo y Estado. Eso fue lo que logró, finalmente, al ser indiferente a toda pantalla, y al evadirse de la realidad política del país pretendiendo no conocerla.

       El ser que atravesó esta experiencia de desconectarse de los medios tecnológicos para evitar saber sobre la realidad política se abstrajo por completo una noche de luna amarilla y calles semioscuras, casi misteriosas. Embebido en sus reflexiones, y fantaseando con la idea de dejar para siempre la ciudad, salió a caminar en dirección a una plaza, se puso a descansar a los pies de un gran árbol, buscó algo de oscuridad, y allí prendió el que sería el último cigarro de marihuana de la jornada.

       Y al pasar unos minutos juró y perjuró, en un monólogo improvisado, que jamás volvería a votar porque jamás volvería a confiar en la buena intención de los políticos, esos extraños seres que buscan el poder con disciplina, con diplomacia, incluso con velada desesperación...

       Gerardo había dejado de ser votante aquella noche, aunque valorara positivamente la democracia. "Es el mejor sistema hasta ahora descubierto, pero yo no me incluyo en él", se dijo a sí mismo. Esa fue su apreciación antes de comenzar a denostar las ideas del anarquismo, comparándolo, sumergido en el delirio de la marihuana, con el estado de naturaleza de Hobbs.

       Continuó diciéndose a sí mismo, en la solitaria oscuridad de aquella plaza:
       "Anarquismo sería un mundo donde no haya reglas o normas ni sujetos que las cumplan. Eso sería el caos social, la guerra de todos contra todos, el estado de naturaleza, siempre latente posibilidad aunque nunca concretado en su totalidad, según Hobbs.

       Decidió que aceptaría las normas sociales solamente si no le impedían llevar a cabo esta desconexión. Y dejó que el instinto y la intuición lo condujeran a partir de ahora. La racionalidad y el sentido de pertenencia a esta sociedad quedarían a un lado, y empezaría a frecuentar los sitios marginales... esos antros nocturnos donde habitan yonkies y dylers, es decir, adictos y vendedores de droga, que se mezclan con las personas que se dicen normales.

       Procuró no estar ya nunca más expuesto a que un celular, una estúpida pantalla, delate su posición. Se sacaría de encima esa cadena que lo ataba al sistema, le haría un boicot a las empresas de teléfonos móviles que se benefician con la guerra por los metales que ahora ocurre en Oriente medio.

       Luego habría tiempo para reflexionar y poder dimensionar las magnitudes de este enorme cambio, no sólo en términos políticos, sino también en términos íntimos y personales. Por el momento todo lo que Gerardo podía hacer era seguir ese impulso intuitivo que lo llevaba a desconectarse de ese mundo que se ve por las pantallas.

       Aunque, claro, su repentina inclinación a despojarse de todo conocimiento de la realidad política le traería, quizás, serias dificultades para entender el rumbo que toma la sociedad. Situación que no le preocupaba para nada, no mientras tuviera de interlocutores a tres desalineados señores que en un bar de mala muerte vociferaban noticias actuales, y consignas combativas, en un coro contestatario y de repudio a las instituciones. Una sola charla con ellos ya bastaba para enterarse del escenario político y económico de la jornada. A pesar de ser unos borrachos perdidos se trataba de gente bien informada.

       En este intento por abstraerse del sistema, y llegar más lejos por fuera de él con la mirada, en este intento por desconectarse del mismo, Gerardo llegó a frecuentar tugurios y bares del conurbano profundo, y fue en uno de esos lugares marginales donde conoció a un shaman que se hacía llamar "el ilusionista".

       Llegó a hacerse amigo de este individuo, y llegó a explicarle las características del estado de desconexión que ahora practicaba. Increíblemente ambos compartían la misma inclinación hacia el escapismo. De ahí que se generara una verdadera amistad entre ambos. Y, escapando de las formas de control tecnológico del capitalismo, el ilusionista lo inició a Gerardo en el consumo de plantas psicotrópicas, entre las que se encontraba la ayahuasca.

       Podría pensarse que, al dejar de pagar sus impuestos, y al mudarse al sótano de la casa del mencionado shaman, Gerardo se estaría convirtiendo en un paria. Es cierto que, al abandonar las prácticas del mundo moderno, y al dejar de frecuentar su lugar de trabajo, no le quedaba mucho más que experimentar el aislamiento y, quizás, la pobreza. Pero había algo más en esa inclinación a la desconexión, había una suerte de ensimismamiento al que se arrojaba para descubrir otras verdades, las cuales iría, precisamente, descubriendo con la ayuda de su amigo el shaman.

       Experimentó y se acercó, ciertamente, a la pobreza, y terminó por caminar las calles en estado de ebriedad, llegando incluso a resbalar y caer en una esquina muy transitada de la ciudad. Pudo ver que por su aspecto y por su condición de paria nadie le tendió una mano, y nadie se acercó para preguntarle si se encontraba bien. Experimentó en carne propia el natural rechazo de esos transeúntes celéricos e indiferentes. Así y todo no se dejó vencer por la adversidad, y siguió recorriendo kioscos y restaurantes pidiendo aunque sea un mendrugo de pan. Y, al sentir el rechazo y la desconfianza de los demás por no tener ni una moneda encima, comprendió que el nuevo Dios es el capital, y que los ciudadanos de buena posición son sus fieles seguidores.



       "No desesperes" le dijo el shaman una noche, en el sótano de su amplia residencia. "Nadie dijo que la desconexión sería fácil. Hemos atravesado la primera fase. Te has desligado de tu trabajo, de tus pertenencias, y has dejado de estar expuesto a las pantallas. ¿Me oyes? ¡Has logrado desconectarte de las invasivas pantallas! Las mismas que saturaban tu mente con anuncios y publicidades. Y has abandonado las redes sociales, que te exigían reducir tu identidad a imágenes y a moldes con tus datos, con los que luego harían su negocio empresas invisibles. Has cortado las cadenas que te ataban al sistema, y ése es el primer paso de la desconexión que has elegido como camino. Y, aunque por tramos pueda parecer oscuro, yo te ayudaré a transitarlo. Y las que te brindarán algo de luz en la aparente oscuridad del mundo, y las que guiarán tu espíritu hacia la desconexión total, serán las sagradas sustancias como la ayahuasca. Ya podrás notar el enorme poder de cambio que esta planta alucinógena tiene al tomar contacto con la mente humana. Ya verás cuando la pruebes, y ése será el segundo paso de esta desconexión que estamos practicando: aprenderás a navegar en este viaje hacia los misterios que guarda la naturaleza, y que se develan sólo con el consumo controlado de esta sustancia. En esta segunda fase de la desconexión no estarás solo. Yo te guiaré hacia la luz, hasta que alcances tu verdadera libertad, que no es la del cuerpo sino la del espíritu. Porque esto hace todo shaman que se digne de tal: acompañar al iniciado en su viaje psicotrópico, influir en sus alucinaciones para que no se tornen nocivas, y finalmente conectar al iniciado con el lado oculto de la naturaleza".

       Luego de oír todo esto Gerardo reflexionó un momento, y entonces dijo:

       "Sería una desconexión del mundo materialista, sería huir de las garras del sistema, como lo estoy haciendo, para luego conectar al espíritu con la naturaleza".

       "Exacto" respondió el shaman. "Ya verás por qué me llaman el ilusionista".



       A medida que los días pasaban el hombre desconectado del sistema comenzó a sentir los efectos de la soledad y del aislamiento. Sensaciones de angustia y de vacío empezaron a estrujar su corazón, y el frío del invierno generaba temblores en todo su cuerpo, ya que aquel sótano en el que se hallaba no contaba con calefacción. De modo que, para evitar estas insatisfacciones, empezó a frecuentar un bar que abría sus puertas sólo por las noches, en el que se daban cita los tres ilustres parias mencionados anteriormente, que vivían al margen de la sociedad, que eran amigos del ilusionista, y que no dejaban de informarse y de discutir sobre la realidad social del mundo en el que les tocaba vivir. Gerardo se sumó a la mesa de estos sujetos, tan bien informados y tan bien ubicados en tiempo y espacio que encendieron su interés. La naturaleza de las reflexiones que emitían sus voces no se condecía con la cantidad de whisky y ginebra que atravesaba sus gargantas. Lo cierto era que, a pesar de ser unos borrachos perdidos, resultaban muy buenos interlocutores.

       Según pasaron las noches, y a medida que se sucedieron los encuentros en el bar, nuestro hombre llegó a sentir un cierto afecto por estos humildes charlatanes, aunque no compartiera para nada sus prácticas alcohólicas. Sabía que si probaba esos brebajes le darían sueño, y provocarían, en el largo plazo, enfermedades hepáticas y renales. Ya había conocido a un sujeto, un viejo amigo suyo, que por culpa del alcohol había fallecido a unos tempranos cincuenta años. De modo que no probaba una sola gota de alcohol, pero sí encendía cigarrillos de marihuana, cuyo efecto le ayudaba a aguantar las horas interminables de noche y de bohemia en aquel bar nocturno.

       Los tres ilustres parias y su rechazo por todo lo establecido le hacían acordar al dadaísmo, un movimiento de artistas que nació a principios del siglo XX en Francia. Los dadaístas rechazaban el arte clásico, el que se muestra en los museos, y se dedicaban a ridiculizar a la Mona Lisa, por ejemplo, dibujándola con bigotes. Los tres ilustres parias también subestimaban la belleza, pero no la de las obras clásicas, sino la actual, la instituida por el mercado, la que se vende en las vidrieras, por considerarla un medio de propaganda.

       Cierta noche de humos y brebajes Gerardo les refirió unas palabras sobre aquel movimiento, y de inmediato recibió una respuesta por parte de don Casella, uno de los parias.

       "Claro que conocemos el dadaísmo. Se trataba de un grupo de decadentes, como nosotros, que no sólo despreciaban el arte clásico, sino que crearon una forma nueva de arte".

       "Exacto" continuó Gerardo: "Eran vanguardistas".

       "Y unos borrachos, unos decadentes totales, que se juntaban en bares de París a beber" refirió otro de los parias llamado Nieves.

       "Pero ¿sabes por qué ellos despreciaban el arte clásico, el que se exhibe en los museos?" preguntó el tercero.

       "Creo tener una idea, pero realmente no lo sé" apuntó Gerardo.

       "Por la devastación que dejó la primera guerra mundial" continuó el tercero, apodado Raulito.

       Y Casella, un hombre calvo y de barba estilo candado, apuró lo que quedaba de su ginebra para continuar refiriéndole a Gerardo:

       "El desarrollo de la guerra implicaba la posible destrucción de museos y catedrales donde el arte clásico imperaba. De ahí la reacción de los dadaístas, de ahí que despreciaran o subestimaran las expresiones artísticas antiguas. La amenaza de que fueran destruidas hacía que gente como los dadaístas perdieran interés en ellas".

       Otro de los tres ilustres parias agregó:

       "Todo el arte antiguo presente en catedrales, pagodas y museos estaba en peligro de extinción durante aquellos turbulentos años de la primera guerra. Es así que estos sujetos no sólo perdieron el respeto que se le debe tener al arte clásico, sino que además esbozaron una nueva forma de arte".

       "Para que suplante a la anterior, que bien podría haber sido borrada del mapa" agregó Nieves.

       "Si, entiendo" replicó Gerardo mientras, al hablar, el humo de la marihuana salía profusamente de su boca. "Pero creo que las burlas hacia el arte clásico no están bien, no se justifican, ni siquiera en época de guerra. El mismo debe ser resguardado, por tratarse de la forma en la que se expresaba el ser humano en tiempos pasados".
       
       "Pero sí compartes con nosotros el desprecio por la belleza instituida, la del mercado, la que se vende y se compra".

       "Si, claro" respondió Gerardo. "Desprecio todo aquella estética que se enuncia como normal, y que requiere de slogans y publicidades para ser vendida. Y, sin más que aclarar, muchachos, me retiro. Es tarde ya, incluso para un sujeto noctámbulo como yo".

       "Ha sido una charla interesante" sentenció Casella, uno de los tres ilustres parias. "Vuelve cuando quieras, te estaremos esperando".

       "Estamos acá cada noche, aguantando las copas" expresó Raulito.

       "Desde ya que volveré. Nos estamos viendo, muchachos".

       Luego de decir esto Gerardo se levantó de la mesa, dio unos pasos hacia la puerta, permaneció unos segundos allí como preparándose para dar el siguiente paso, y se lanzó afuera, enfrentando al viento helado que resoplaba en la madrugada de aquella calle vacía.

       El invierno se hizo sentir con toda su helada intensidad durante aquellos días en los que nuestro personaje no hizo más que buscar algo de dinero, algo de calefacción y algo de compañía. Por suerte encontró las tres, aunque para ello tuvo que recurrir a su padre.

       Una gélida mañana, aterido y caminando acompañado por el rocío, se dirigió a verlo. El encuentro no fue nada grato, ya que el viejo no pudo nunca entender las razones de por qué su hijo se había despojado de bienes, servicios y aparatos. Nunca pudo entender la naturaleza de la desconexión que practicaba Gerardo, a pesar de que él intentó explicársela.

       "Has dejado de pagar tus impuestos, me dices. ¡Mirate! Pareces un pobre paria".
       "¿Adónde irías sino a suplicarle por dinero y abrigo a tu pobre padre?".
       "Así que te has despojado por completo ¿eh? Entonces acepta tu desposesión sin mendigar".

       Sin mucho más que hacer ante la falta de entendimiento por parte de su padre, el joven Gerardo le indicó que su objetivo era lograr la separación completa entre Estado e individuo. Le pidió que entendiera que lo suyo era un experimento social temporal. Le explicó que para separar al Estado del individuo este último debía despojarse de propiedades, y dejar de usar dinero en pagar impuestos, dejar de usufructuar bienes y servicios, y abandonar cualquier negocio al que estuviera vinculado.

       De modo que su padre, al oírlo triste y largamente, eligió preguntarle:

       "¿Y quién te premia por todo este cambio radical que has hecho en tu vida?".
       "¿Alguien reconoce tu esfuerzo y el riesgo que corres al volverte un desposeído?".
       "¡El que has elegido es el camino más directo hacia la pobreza!".

       Al oír las disquisiciones de su padre, que bramaba encolerizado, Gerardo intuyó que la respuesta a esas afirmaciones era, para todas, un no. Así que sentenció casi en tono de grito: "¡No, para nada!". Y eso fue lo último que pudo decirle.



       Luego los días invernales se sucedieron casi iguales uno tras otro, dejando escarcha adherida en el marco inferior de las tres ventanas del sótano de la casa del shaman. 

       Los postes de luz se encendían temprano durante el día por la semioscuridad casi palpable (sumada a la brumosa humedad) que reina en esa época del año. Y, claro, nuestro hombre hizo varias incursiones al bar nocturno para visitar a los tres ilustres parias, de los cuales a veces había dos y otras veces sólo uno. Gerardo pudo averiguar que los tres se turnaban para estar en el bar, por ser sus presencias consideradas esenciales en ese bohemio lugar. Se llegó a saber que el dueño del modesto café bar les pagaba todas las noches con bebidas a cada ilustre paria para que sean asistentes habituales de su curioso negocio.

       "Es que así, de paso que los oyen y los ven hablar, aprenden algo de la actualidad, y algo de historia, de arte o de filosofía. Irradian sabiduría nuestros tres ilustres parias, y hasta algo de la mística de la bohemia los envuelve".

       Eso podía oírsele decir al dueño del café bar en un encuentro de los tres jodidos parias con Gerardo, que seguía sus charlas muy concienzudamente en la mesa mejor iluminada de aquel tugurio marginal y no precisamente abstemio, para luego aportar interesantes comentarios al final de cada tema que ellos tocaran. Demás está decir que estaban flacos, y que temblaban ateridos antes de cada trago profundo; y que, a pesar del hambre y del frío, mantenían encendida la llama de la lucidez, en medio de la marea negra de bebida espirituosa que embebía sus mentes.

       De la frustración, resignación y decepción del principio de este relato Gerardo había pasado a un sentimiento de esperanza suave y sedativa.

       Luego de haberse despojado de sus ambiciones mundanas, que eran las propias del capitalismo occidental, y luego de haber escrito reflexiones a la luz de una vela, por no tener con qué pagar la electricidad, se hallaba preparado nuestro hombre para ser llamado "paria" por el resto de la sociedad. Y también ahora se hallaba preparado para aguantar penas y malestares constantes ante los que la psiquiatría volcaría un frasco de pastillas (o varios). Esto último desde ya que beneficia a los laboratorios, y, de hecho, empastarse (llenar el cuerpo de pastillas o calmantes) era una de las antiguas prácticas que Gerardo decidió dejar de lado. De este modo no sometía ya su mente y su cuerpo a la dictadura emocional de las pastillas.

       Ahora bien, la desconexión requiere despojarse de cualquier ligazón con el Estado y con todo aquel poder que intenta someter a una población; y, a su vez, la segunda fase de la desconexión, según le había anticipado el shaman, incluía el contacto con sustancias alucinógenas como la Ayahuasca.

       Es así que, ya habiéndose despojado de bienes y servicios, y ya habiendo dejado de lado la ambición materialista, ahora sus deseos más profundos y verdaderos surgían a la luz. Y alentado, tanto como guiado por el shaman, Gerardo emprendió el viaje alucinógeno que prodiga la Ayahuasca. Sucedió una tarde en la que las nubes zurcaban el cielo como impulsadas por una fuerza extraña, y los árboles del bosque cercano a la ciudad en la que vivía Gerardo se agitaban con fuerza, dejando oír un murmullo intenso, producto del viento que agitaba las copas allá en la altura.

       Se dirigieron al bosque, y entre el viento, las nubes y una copiosa lluvia que empezó a caer, dieron inicio al ritual. Según le indicó el shaman, Gerardo viviría una experiencia en la que la mente experimentaría un vuelo psicotrópico, una cadena de ideas que tendrían que ser controladas para que no se volvieran funestas, oscuras. Es así que el shaman empezó a recitar un canto preciso para iniciar el proceso de introspección, y luego le obsequió a Gerardo una porción de la pócima que debería beber de un sorbo, sin sentir el gusto. Sin embargo nuestro iniciado no pudo evitar sentir el gusto de la esencia psicotrópica, y le sobrevinieron ganas de vomitar. Pero no bajó los brazos, y se prometió que continuaría con esta experiencia, pasara lo que pasara con su psiquis. No iría a claudicar en su intento por ver más allá.

       Posteriormente la lluvia amainó, y el cuerpo del iniciado sintió que estaba volando. Asimismo sintió que se movía hacia adelante, aunque en verdad estaba quieto. Esa fue la primera fuerza que mental y corporalmente se adueñó de él. Realmente se estaba moviendo, aunque su cuerpo estuviera sentado sobre el césped de aquel bosque que, en las alucinaciones de Gerardo, se tornaba cada vez más movedizo, vivo y fantasmagórico.

       De repente los movimientos de aquel pedazo de naturaleza parecían coordinados; de repente cada árbol que se agitaba y cada animalillo que se escurría entre la maleza parecían hacerlo en una secuencia lógica donde cada acción tenía su reacción exactamente equivalente. Y esta fue la segunda fuerza que Gerardo pudo notar, según la cual todo estaba conectado por impulsos visibles (todo se encontraba conectado como por la red que teje una araña, la cual él podía ver claramente con su mirada alucinada); impulsos vibratorios que hacían que todo se moviera a la vez, y en un estado de equilibrio absoluto.

       Mientras la voz del shaman se hacía cada vez más audible, mientras éste oraba una suerte de mantra para la relajación del iniciado, pudo ver este último cómo la lluvia cesaba de caer para sostenerse a una cierta altura. Pudo ver a la lluvia dejar de caer, y la pudo ver ascender por entre las copas de los árboles que lo rodeaban. Las alucinaciones producto de la Ayahuasca y del canto de su mentor le hicieron creer que estaba viendo a la lluvia moverse hacia arriba para luego formar una espesa nebulosa allá donde las copas de los árboles se movían incansablemente.

       Y luego llegó el paroxismo de las alucinaciones de esa tarde húmeda, el punto cúlmine, acompañado todo esto por la hiperestesia de sus sentidos. Sintió Gerardo, llenas sus venas de aquella esencia alucinógena, que por fin todo lo que podía percibir apuntaba hacia un único punto. La lluvia ya extinta, los árboles y los arbustos agitados por el viento alicio comenzaron a ejecutar una danza en torno a un círculo de agua que había en el suelo de aquel bosque. En cuanto vislumbró todo esto Gerardo señaló hacia adelante con su mano el agua temblorosa, y el shaman interpretó a la perfección aquel movimiento de su iniciado. Luego cesó de cantar, cesó de competir con el arrullo del viento para comunicar lo siguiente:

       "Es esa la divinidad natural. El pozo con agua hacia donde todo apunta ¿o no, Gerardo?"

       Y nuestro iniciado repitió con asombro: "¡Es esa la divinidad natural!"

       Luego cerró los ojos, y dejó que las emociones más heroicas y salvajes que nunca antes había sentido lo sacudieran y lo hicieran viajar aún más, hacia las profundidades de su psiquis, hacia el encuentro con ese eje purificador donde todo lo demás se une misteriosamente y en equilibrio absoluto.

       Al pasar las horas, y al sucederse las distintas etapas de las alucinaciones, Gerardo pudo ver cómo, poco a poco, empezaba a oscurecer. Fue abandonando la vorágine de sensaciones en la que se encontraba, y sus sentidos dejaron la hiperestesia que habían adquirido, dejaron de percibir la realidad con extrema e hipnótica intensidad, para tornarse calmos y ya no tan sensibles.

       Entonces Gerardo comprendió que las sustancias psicotrópicas, tanto la ayahuasca como la marihuana y algunos hongos, guiaban su mente hacia la desconexión total, además de mostrarle el lado oculto de la naturaleza. Ahora no tenía dudas de que había percepciones a las que sólo tenía acceso con el consumo de dichas sustancias.

       Pudo notar que el shaman hacía rato había dejado de cantar, y se hallaba ahora tendido en el suelo de aquel bosque, presa de un ataque de risa del que se recuperaba para quedarse contemplando las estrellas.

       De modo que le dirigió así la palabra:

       "También te has dado un baño psicodélico y alucinógeno ¿o no? ¡Ya veo por qué te dicen el ilusionista!"

       

       Finalmente ambos habían logrado llevar a buen puerto el proyecto de la desconexión, logrando romper las cadenas que ataban la mente a esta sociedad capitalista y a su sistema de consumo, para conectarla con la divinidad natural, es decir, para conectarla con la mismísima naturaleza.

       Aquel invierno pasó, y Gerardo concluyó su estadía en el sótano de la casa del shaman. Pudo construir, con ayuda de este último, una modesta vivienda en aquel bosque cercano a la ciudad, y ahí trasladó sus pocas pertenencias para iniciar una nueva vida, lejos del humo y del ruido de la gran ciudad.

       Cierta noche cálida de primavera acudió al bar donde se encontraban los tres ilustres parias. Se acercó a la mesa, encendió un cigarrillo de marihuana, les convidó unas cuantas pitadas, y se dispuso a charlar con ellos.

       "Sos casi inhallable, querido Gerardo, ahora que te has desconectado de la realidad con la ayuda de nuestro amigo el shaman" le dijo Casella.

       Y él respondió:

       "Es que ya no uso celular ni me expongo a ningún tipo de pantalla".

       Otro de ellos le dijo:

       "¿Has visto, querido amigo? Hay gente que siguiendo tu ejemplo ha cesado de usar la tecnología por un día al mes: se llama ayuno digital, y está ocurriendo en una ciudad de la India llamada Vadgaon".

       "No me sorprende para nada" reaccionó Gerardo. "El sistema está latiendo cada vez más fuerte, está endeudando a la gente, y está atándola a través de los dispositivos digitales. Lo natural es querer desconectarse, aunque sea por un rato".

       "Lo hacen sólo porque todavía no tienen esos chips computarizados en el cuerpo que les impedirían la desconexión" agregó Raulito.

       Y Casella continuó diciendo:

       "También hay quienes reclaman el derecho a la desconexión laboral. Es decir, el derecho a no ser contactado (es decir, invadido) por una empresa o por un jefe fuera del horario de trabajo. Pero Gerardo ha ido mucho más lejos...".

       Y este último concluyó:

       "El instinto y la intuición me guían ahora, y me han llevado a dejar de acatar todas aquellas órdenes y todas aquellas prácticas que incluyan algún tipo de conexión con el mercado o con el Estado en sí".

       Sonriendo y levantando su copa en señal de aprobación, Casella expresó:

       "Celebro eso".




       FIN
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(Cuento iniciado en 11/2022 y terminado de escribir el 2/1/2023)

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