La Logia del Devenir (cuento. texto completo)
(Las anteriores pictures dibujos de Fede Ferraro
A continuación cuento de la pluma del susodicho)
La logia del Devenir (Cuento. Texto completo)
Buscaba una última razón para continuar la vida y no matarse. Miraba noche tras noche por la ventana del duodécimo piso en el que aún vivía. Miraba deseando ver alguna señal de vida en esa calle vacía de esa ciudad fantasma. Y cuanto más sus ojos se deslizaban, ansiosos y taciturnos, desde la pálida cortina hasta el borde de su ventana, y luego al abismo urbano barrido por el viento de madrugada, más comprendía que aquello no era vida en lo absoluto. Aunque el paisaje del progreso, delineado por altas torres a lo lejos, regalara la postal del vértigo de la modernidad, y aunque las innumerables antenas del apogeo tecnológico dibujaran un hilo conductor desde el centro de torres imponentes hasta el suburbio de edificios modestos donde se encontraba, no se encontraba conectada con el resto de esa ciudad. A pesar de todos los intentos para aliviar la creciente de su río interno, un nudo de garganta le ahogaba cada noche. En toda aquella vista privilegiada parecía no haber salvataje para el embate de sus aguas emocionales, tan profundas y oscuras, que con cada plenilunio crecían. De manera que, viendo todo aquello cada vez con menos claridad, esperando algún juego de luces que nunca llegaba desde las ventanas de enfrente, y enjuagando con sus dedos aquellos ojos cansados, decidió, por fin, rescatarse del caos. Se iría de esa ciudad que la observaba en silencio a través de su ventana, se alejaría de ese cielo sin estrellas, y de esas calles grises con luces artificiales que no lograban iluminar el espiral malsano de peligrosa soledad. Esas modernas luces irritaban su delicada visión, y nunca revelarían la órbita de encierro en la que todos giraban, esa órbita del control de la cual nadie parece poder escapar. Aquella noche de zozobra y vacilaciones su mente se mantuvo alerta, y su cuerpo giró sobre sus pasos hasta cansarse. Pero no quiso ni pudo conciliar el sueño. Antes de que surgieran los primeros atisbos de la aurora, se arrojó a las calles de aquella urbe aún desierta y neblinosa. Las modernas luminarias irritaban su delicada visión. Al desplazarse, su cuerpo parecía seguir la órbita ineludible del control, esa ruta gravitacional urbana de la cual nadie escapa. La misma que se observaba desde su ventana asediada por las modernas luminarias con sensores incorporados, esos que parecen brillar para poder captar y vigilar mejor a los cuerpos en movimiento. ¡Pero ahora el suyo escaparía de todo eso! Luego de circular en forma errática, y sin una dirección fija durante casi dos horas, se dirigió entonces a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires para devolver un tomo de la enciclopedia que hacía tiempo había pedido prestado. Ese libro era lo último que la ataba a esa ciudad y a su vida de estudiante. Ahora quería abandonarlos, dejarlos atrás. El aire parecía viciado en esa sala de la biblioteca, o bien se encontraba impregnado con el olor del papel avejentado. En determinado momento percibió que alguien se encontraba esperando detrás suyo. Cuando ya terminaba de firmar la ficha y de abonar la última cuota del mes que debía, vio a su lado a quien le sucedía en la fila. Era alguien a quien admiraba por su papel en los medios y en la atmósfera social de aquella urbe. Se trataba de Cristina Pérez, una reconocida periodista. Se quedó viéndola y abandonó la tarea en la que sus manos se enfrascaban. En cuanto Cristina le devolvió la mirada, ella tuvo que saludarla. Luego de reconocer a su admirada y pronunciar su nombre hubo algún diálogo, algún intercambio de palabras triviales. Romina (así se llama nuestra protagonista) le reveló que se hallaba hastiada de esa ciudad y de los vaivenes, de las rutinas de la vida de estudiante de periodismo, y que se iría pronto de allí. Le comentó que esa enciclopedia que estaba por devolver era lo último que la ataba a la civilización, y que pretendía encausarse en una nueva vida lejos de todo aquel andamiaje urbano. Cristina intentó darle algún aliento para que prosiguiera sus estudios. Le comunicó que ella en su juventud había sentido unos deseos similares de abandonarlo todo, pero que si se insistía y si se renovaban las ganas finalmente podría vencer a la resignación. Romina la escuchó con atención, pero negando para sus adentros todo lo que oía, hasta que recibió la invitación. Fue convidada por la mismísima periodista a la que admiraba para asistir a una reunión a la que asistirían otros expertos en la materia, y en la que, según le adelantó en ese corto diálogo en la sala principal de la biblioteca, se hablaría de temas respectivos al periodismo. Digamos que se trataría de una simple reunión social a la que no cualquiera tendría acceso. Al contrario de lo que hubiera pensado, esta invitación a conocer a importantes periodistas renovó los aires, y despertó su interés hasta tal punto que la aceptó, dudando... Luego tendría tiempo de abandonar la ciudad, y de darle un giro a su vida, se dijo a sí misma. Habiendo recibido las coordenadas de tiempo y lugar para semejante acontecimiento, Romina le dio las gracias a la periodista, y se marchó de la Biblioteca Nacional sin devolver la enciclopedia, y con algo más de rubor en la cara del que tenía cuando había entrado. La maravilla de lo inesperado se hizo presente, y torció el timón de los acontecimientos, al menos por un rato. Romina, ya no tan pálida y desganada, volvió a su departamento y a su cama para descansar como hacía mucho no lograba hacerlo. Aquel encuentro despertó una alegría y renovó su motivación, que hacía tiempo venía quedando olvidada. La noche del acontecimiento Romina se preparó, poseída por un deseo desbocado de conocer el ambiente de aquella gente y de pertenecer al mismo. Se vistió, pintó su cara, y arregló sus uñas como hacía tiempo no acostumbraba, y delineó sus rasgos para parecer un tanto exótica, en conjunto con la ropa que eligió. Vestida como una Cleopatra actual, se miró al espejo una y otra vez con insistencia, movida más por un sentimiento de inseguridad que por la propia necesidad que el caso ameritaba. Quince minutos antes de salir de su departamento repasó un poco todo aquello, e incluso dudó ante la decisión de aceptar o no la invitación. Se debatió internamente entre el fuerte interés de conocer a los periodistas, la admiración que sentía por quien había conocido en la biblioteca, y a la vez su intenso deseo de abandonar las cosas que la ataban a aquella ciudad. Y en su balanza emocional finalmente tuvo más peso el interés y la admiración que el deseo de abandono. Finalmente salió de su departamento unos escasos minutos antes de la hora a la que se había establecido el encuentro. Fue caminando, ya que no tenía dinero suficiente para gastar en un vehículo contratado. Al llegar al lugar notó una mezcla de sensaciones. Se encontraba ante una casa muy antigua, con una puerta alta y pesada, y un hall bien iluminado. Al entrar la recibió una mucama o ama de llaves que la condujo lentamente y con cierto aire de reserva hasta el interior, donde se desarrollaría el encuentro. A través de un vidrio vislumbró a Cristina Pérez de espalda charlando con tres sujetos, dos de los cuales eran conocidos periodistas de radio y TV. Al ingresar a la sala, en el centro de la cual había una inmensa lámpara estilo araña profusamente encendida, recibió la atención inmediata de su admirada, y el ama de llaves se retiró pero de un modo muy extraño, caminando hacia atrás y cerrando las compuertas de vidrio que daban ingreso a esa sala. Una vez allí recibió elogios por su vestimenta y su belleza. Era percibida por los primeros que la saludaron como la invitada de Cristina, "la chica de la biblioteca". Durante una media hora fue conducida por ella entre la gente, y luego fue abandonada a su suerte. Extrañamente el momento en que comenzó a conducirse sola coincidió con la puesta en marcha de la música. Entonces la antigua araña comenzó a girar sobre sí misma, y encendió unas luces multicolores que tiñeron absolutamente aquel ambiente. La música en conjunto con las luces sobre el fondo oscuro del ala central daban un tinte algo psicodélico al lugar, y aquello ya parecía más una fiesta que una reunión de periodistas. Uno muy conocido pasó cerca suyo, y mirando hacia arriba, hacia las luces, con un vaso en la mano, le refirió: "Todos necesitamos escapar de algo. Es esta una reunión para el escapismo. ¿De qué escapa usted, una mujer tan joven? ¿Eh?". Y antes de que Romina intentara responderle el sujeto se alejó, sin mostrar ningún interés por oir la posible respuesta. Esto la hiso dudar no sólo de la sobriedad del sujeto, sino de su propio estado psíquico. Había algo en la percepción del ambiente que allí no funcionaba como una simple reunión. Vio muy bien que Cristina se había dirigido, apenas había comenzado la música, hacia un pasillo que ahora estaba oscuro, pero que posiblemente condujera hacia otras salas y habitaciones.Se acercó a una mesa donde no había nadie sentado, ya que se habían levantado todos para bailar, y agarró una copa, la que encontró más llena. Luego de beber enseguida se sintió libre de inhibiciones, y comenzó a bailar, movió su cuerpo al ritmo de la música, como lo hacían casi todos en esa sala.
Cuando habían pasado unos veinte minutos desde el inicio de la música decidió dirigirse por ese pasillo al reencuentro con su admirada Cristina Pérez. Recorrió el pasillo mientras un relampagueo de luces multicolor llenaba las paredes y el piso. Se frenó ante una puerta abierta que tenía en su frente la inscripción "Fragmentos". Adentro aún no había nadie. De repente sintió un tironeo en su mano. Era Cristina que, conduciéndola hacia otra puerta, repetía su nombre y el deseo de mostrarle más invitados. Sus cuerpos chocaron una vez en el interior de esta habitación, que en su puerta tenía la inscripción "Unicidad". La periodista parecía muy eufórica en su intención de hacerle conocer las instalaciones. Probablemente ese estado de ánimo se debiera a las luces y a la música fuerte de la otra sala. A partir de ahí le siguió la corriente, abandonándose a los deseos de su admirada.
La susodicha llevó a su invitada a lo largo de esa habitación, y luego a otra y a otra, mientras el contenido de la copa hacía su efecto, hasta que llegaron a una habitación en cuya puerta estaba grabado el nombre "Devenir". Allí la invitada quedó un rato a solas consigo misma, mientras Cristina se dirigía a intercambiar gritos con otros periodistas en la sala de al lado.
Romina se acercó a una ventana, y miró hacia afuera, donde pudo ver de cerca a esos transeúntes celéricos e indiferentes que en un principio le habían inspirado una cierta desidia y deseos de abandono, cuando los observaba desde arriba, durante las madrugadas, en su departamento. Y entonces volvió a sentir aquel nudo en la garganta, y se hundieron sus ojos en una angustia cristalina al mirar a través del vidrio. Ahora no se encontraba en los suburbios viendo el paisaje de torres distantes, sino que más bien estaba entre esas torres, en el centro de esa ciudad gris y confusa. Algo en todo aquello le hiso sentir que aún continuaba estando sola, a pesar de las luces, el alcohol, la música y los periodistas que la rodeaban.
Así que se dirigió a la puerta de la sala, buscando a su admirada. Se asomó desde la misma, y su mirada escrutó en la oscuridad del pasillo. Se deslizó hacia la sala contigua que tenía en su puerta la inscripción "Declinar", y fue grande su asombro al verla completamente vacía, a pesar de tener trece velas prendidas en su interior.
Entonces se volvió hacia atrás, caminó hacia la sala de nombre "Fragmentos", dentro de la cual ahora junto a una veintena de velas encendidas pudo ver a seis conocidos periodistas de la radio y la TV, sentados o inclinados en el suelo. Estaban dedicando su atención a unos recortes de diario que pasaban de mano en mano. Al verla le dedicaron unas palabras y expresiones de júbilo, como si la conocieran de toda la vida, y la invitaron a sentarse junto a ellos en el suelo.
Ella se acercó, y en un principio se resistió a descender pero, viendo tantas caras conocidas, no lo dudó. Compartió los recortes de diario, los compartió con quien tuviera a su lado, y mientras leía, en medio del fragor de la música y de los comentarios entreoídos, escuchó claramente a uno de los colegas diciendo:
"Son estos los fragmentos de realidad con los que trabajamos. Es importante para proseguir tu formación que indagues en ellos, y que sepas construir una realidad discreta y acorde con tus objetivos de vida. Es lo que hacemos acá. De hecho, puede no ser discreta ni estable ni común a todos los que tomen contacto con ella, pero la realidad que construyas con estos fragmentos te acompañará cada día".
Frente a tal aseveración Romina respondió gritando, debido a la música fuerte de la sala principal:
"¡Como periodista no pretendo construir ninguna realidad ni elegir los fragmentos de la misma que mostraré al mundo! ¡Solamente pretendo contar mi verdad acerca de los hechos a los que la profesión me lleve a analizar!".
El sujeto que tenía enfrente, el que le había hablado, continuó diciéndole:
"Al fin y al cabo terminarás construyendo una realidad, la tuya, y estará compuesta por esos hechos a los que te inclines a pensar durante tu profesión, así como ahora te encuentras inclinada sobre ellos, descartando unos al recoger otros" Y luego de decir esto el sujeto soltó una risotada, encontrando gracioso su propio comentario, y señalando las manos de Romina que sostenían algunos papeles.
Ella soltó los fragmentos de realidad.
"Claramente este no es mi juego" dijo, casi al punto de sentirse ofendida.
"Vemos la profesión de forma muy distinta" sentenció el conocido periodista, esgrimiendo una sonrisa que a ojos de Romina se había vuelto casi repulsiva.
"Pero gracias" concluyó ella, y se retiró casi sin pensar a dónde dirigirse.
Al salir de esa sala fue recibida por la oscuridad del pasillo, levemente invadida por los resplandores de luces multicolores de la sala principal. Miró y escrutó hacia el interior de la habitación llamada Declinar, y le pareció notar un cambio en la disposición de las velas. Claramente alguien las había cambiado de lugar. Pero no había nadie ahí dentro. Se dirigió entonces unos metros más adelante, hacia otra habitación cuya puerta tenía la inscripción "El Altar". Era la única que se encontraba cerrada.
Rápidamente continuó desplazándose por el pasillo, pero esta vez hacia el ala central, sin intentar entrar en ninguna habitación. Algo era muy extraño en los nombres, en la disposición de las habitaciones, y en la actitud de quienes estaban dentro. Ya no pretendía seguir investigando qué había tras las puertas.
Se encontró en la sala central, ya habiendo bajado la intensidad de la música, y hallándose un poco más calmado el relampagueo de la araña multicolor que pendía del techo. Había allí mucha gente que desconocía, aunque no podía distinguir muy bien las caras.
Repentinamente oyó una querida voz, la de su admirada Cristina Pérez. Pero no provenía de la cercanía, sino de un micrófono que se encontraba en un extremo de la sala. Y, hablándole a la multitud, estaba ella. Durante cinco minutos distinguió a esa voz dibujando sílabas y rumores en el aire, acompañando el ritmo de la tenue música, aunque no pudo percibir ninguna palabra conocida. No se percibía en la vibración de la voz de la ilustre periodista ningún vocablo que perteneciera al castellano o al inglés. Igualmente la disquisición pareció ser muy bien recibida por la procesión de siluetas danzantes, que aplaudieron y gritaron efusivamente una vez que la voz se volvió un susurro para luego alejarse del micrófono.
Extraños y crecientes sentimientos de temor invadieron a Romina, y su voluntad se volvió trémula, así como su pulso aumentó, y en su pecho sintió una cierta presión. Todos actuaban según códigos que no eran los suyos ni los del periodismo que conocía. Además del lenguaje de aquella gente, las acciones y reacciones eran dudosas, exacerbadas e inexplicables.
Intentó dirigirse hacia Cristina para comentarle lo que sentía, pero no la encontró al llegar al lugar desde donde se había emitido el inesperado discurso. Pudo distinguir entre el convulso devaneo de los cuerpos y la oscuridad, su silueta. De manera que se dirigió hacia ella, corriendo. La tocó en el hombro, le gritó y fue recibida con una sonrisa espontánea de la periodista, que enseguida le preguntó dónde había estado todo ese tiempo. Le aseguró a la estudiante que la había buscado, pero que no había podido encontrarla. Enseguida la tomó de la mano, luego hizo un ademán en el aire con la otra palma por sobre la cabeza e instantáneamente cesaron tanto las luces danzantes como la música. Aquel movimiento de dominio escénico terminó por demostrarle a Romina que ella dirigía el clima del lugar, y que era el alma de aquella reunión, "la periodista del momento", por así decirlo.
Con ella tomada de la mano, y con la atmósfera vuelta a su iluminación original se dirigió al pasillo, y fue conducida por su admirada al interior de la habitación denominada "Devenir". Realmente se trataba de un ambiente enorme y con una decoración magnífica. Todo allí se encontraba dispuesto como para un ritual.
Había un número importante de personas, y todas parecían concentradas en algo que no era para nada espontáneo. Buscaban una pose e intentaban entonar un cántico, aunque dejaban oír sólo susurros. Nadie ahí pretendía que su voz se destacara por encima de otras, aunque sí todos parecían responder a un mismo designio al actuar de ese modo.
"Es la hora del rito" comentó Cristina Pérez, también en un susurro que sólo pudo oir Romina. Ante lo cual ésta última expresó:
"Me dijiste, al invitarme, que se hablaría de temas relacionados al periodismo"
"Esto llevará sólo unos minutos. Tomalo como una inserción a nuestro ambiente, algo así como tu iniciación personal" le refirió Cristina. A lo cual Romina respondió con preguntas:
"¿Iniciación a qué?¿De qué se trata?¿Qué tipo de reunión es esta?"
"Ay, muchacha... Al venir sabías que pasarías a formar parte del ambiente. De hecho te vi muy entusiasmada frente a la idea de conocernos" le contestó Cristina, señalando un adorno estilo árabe que colgaba del techo, y que simulaba ser una aparatosa lámpara, muy similar a la del ala central. "Dale tu bienvenida al Devenir"
"¿Qué es? ¿De qué se trata?" inquirió Romina, con su cara ahora pálida y su ritmo cardíaco algo agitado. Su admirada le contestó, mirándola de frente:
"El Devenir es el curso natural de los acontecimientos. Es el destino lógico y es la dirección que toman los sucesos en el universo. El Devenir es aquello que somos y a lo que nos dedicamos".
Y continuó, volviendo a señalar la lámpara:
"Este es un simple tótem que representa el hecho de volcar luz en el espacio. Echar luz sobre los sucesos, de eso se trata. La forma semicircular representa la noción del espacio-tiempo en movimiento, no es una araña común".
De pronto, una de las caras más reconocibles de la habitación se sumó al diálogo, y le refirió a la ahora impávida y estupefacta estudiante:
"Explicaselo de modo más simple, Cris... El Devenir es el dios de los periodistas, la deidad verdadera que rige absolutamente todo lo que observamos, porque se trata del curso natural que toman los hechos, esos mismos hechos que nosotros nos ocupamos de contar al público".
Cristina asintió durante las palabras del colega, mientras que Romina no podía creer lo que estaba oyendo. Intentó mantener la compostura, haciendo un esfuerzo enorme para no empezar a temblar de los nervios, y efectuó una pregunta:
"Entonces ¿esto se trata de una secta?"
"¡No, nada de eso!" profirió su admirada en un grito seguido de otro: "¡Esto es la Logia del Devenir!" Luego rio efusivamente, invitándola a ella con la gestualidad corporal a que también compartiera la felicidad del culto que profesaban. Y continuó indicándole:
"Al acercarte a esta fiesta ya casi sos considerada miembro de nuestra logia o de nuestra fraternidad, como quieras llamarle. Podés ser considerada una hermana más en caso de unírtenos, o podés convertirte en simple espectadora en caso de renunciar a tu membresía. Yo te traje hasta acá y te doy la posibilidad, pero la decisión está en tus manos".
Repentinamente, al presenciar en tan pocos minutos toda aquella caravana de sucesos, explicaciones y confesiones que la interpelaban, al recibir ese rayo de información inesperado, su cara palideció por completo, perdiendo todo rubor, y su frente se oscureció, llegando a sentirse no sólo incómoda sino desganada.
"Me dijiste que se hablaría de temas relacionados al periodismo" repitió Romina, dejando el lugar donde estaba parada para dirigirse hacia un ventanal alto. Afuera el viento rugía impetuoso, lo podía ver claramente en los árboles, muchos de los cuales se doblaban sobre sí mismos.
El resto de las personas allí había cesado de emitir cantos comunes y susurros para pasar a estar expectantes del ídolo de luces que tenían sobre las cabezas. Ahora hacían movimientos de manos sobre sus hombros y pechos, aunque sin dejar de mirar fijamente al ídolo que derramaría luz sobre los hechos, el rito que Cristina Pérez había anticipado ya. Las alabanzas al Devenir, el dios de los periodistas ahí reunidos.
En la perspectiva de Romina no sólo había viento fuerte afuera, sino que había un amplio y visible plenilunio. La luna llena laceraba ahora su pecho con mil emociones nunca antes sentidas y, tal como aquellas noches sola en su departamento, sentía sus aguas profundas y oscuras crecer. Las sentía crecer a las corrientes del sentimiento nocturno hasta llegar a producirle un nudo de garganta, el que tanto conocía. Pero esta vez no dejaría que la angustia la doblegara y la hiciera arrodillarse ante una ciudad demente y fría.
Esa noche fue parte del ritual, aceptó la invitación de Cristina Pérez en toda su extensión. Fue testigo de primera mano ante los modos de iniciar el ritual y continuarlo en las otras habitaciones, y aprendió cómo llevarlo a cabo.
El concepto del Devenir que le habían explicado finalmente formó parte de su fuero interno aquella noche, y también a la hora de dejar aquella ciudad de calles gris metálico y de torres de altura inalcanzable. En cuanto el rito terminó, y los susurros y los movimientos corporales cesaron, y cuando ya ninguna cara conocida se le acercó para explicarle más nada, entonces se apartó del ventanal que daba a la calle, tomó una vela encendida, y la llevó consigo por el pasillo oscuro para pasar al ala central, donde su presencia fue aclamada por la logia que detrás de ella se encolumnó.
Pero antes de que terminara lo que llamaron su iniciación, arrojó la vela al piso, cerró su saco y corrió escaleras abajo hasta la puerta de calle. El ama de llaves la abrió muy cordialmente, y Romina al fin pudo correr libre por las calles hasta llegar a su departamento y luego, esa misma noche, pudo así escapar del abismo urbano agitado por los vientos de madrugada, pudo escapar de aquel paisaje del progreso que anunciaba el vértigo de la modernidad... Tal y como lo había visto la noche decisiva, cuando percibió desde su ventana que debía irse.
Ahora se iría de esa ciudad que le observaba en silencio a través de su ventana, ahora se alejaría de ese cielo sin estrellas y de esas calles grises.
A pesar de todos los intentos para aliviar la creciente de su río interno, un nudo de garganta le ahogaba cada noche. En toda aquella vista privilegiada parecía no haber salvataje para el desborde de sus aguas emocionales, tan profundas y oscuras, que con cada plenilunio crecían.
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