LFD - El mejor de los perfumes
(Cuento por Fede Ferraro. Género: Misterio. Romántico. Texto completo, que es de una extensión
de siete carillas y media en letra Sylfaen tamaño 11. Escrito en 9/2011 y retocado hoy 7/6/2020
de la mitad para adelante, en lo que tiene que ver con las frases del trance y del delirio at the
moment of ascenso del hombre junto a la diosa de los secretos, la dama de la escalera, su locura,
la que se adueñó completamente de su deseo apenas la ve o la oye, aquella que le hace perder
la noción del tiempo, la que confunde las percepciones de sus sentidos
al mostrarle, por fin, su cara)

------------------.-.-I-.-.-----------------.-.-II-.-.-----------------.-.-III-.-.------------------.-.-IV-.-.------------------.-.-V
El mejor de los perfumes
Fue cosa de una noche.
Había llovido, y
las avenidas todavía estaban empapadas. Había humedad, pero no
dejaba de hacer calor. El
charco de la razón como siempre ahí para fastidiarme. Me fijé
de no ser otra vez el tonto
descuidado que por ir pensando metiera la pata; ahora tenía
un traje nuevo. Había
esperanza a pesar de los problemas, y más que nunca se sentía en
el ambiente el fervor nocturno, la necesidad de soltarse más de lo habitual.
Siguiendo el envión
me encontré con aquél cartel: “Entrada al baile de las luces”.
Era en la planta baja de una
de las torres municipales. Yo en la vida había entrado,
pero supuse que habría buenos tragos y algunas compañías.
Sentí el vértigo del recién
llegado. Muchas caras y sensaciones encontradas.
“Seguí el ritmo” me dijo alguien en un susurro, y terminé siendo una de
las tantas
siluetas desconocidas.
El aire era una mezcla de humo
y esencias, pero para nada desagradable. La
música era lenta y absorvente.
Todavía sentía que algo me ataba al exterior: un deber sin
hacer, un mandato postergado;
pero me interné lo más que pude en el ambiente y dejé
que el resto esperara afuera.
No iba a olvidar aquél consejo: “seguir el ritmo”, y
tampoco el intenso aroma que sentí al escucharlo.
Enseguida fijé mi
atención en el curioso arreglo de luces que acompañaba a la
música. Eran sutiles espasmos
de colores diversos que se proyectaban sobre un fondo
azul oscuro. El efecto era
discordante, pero aún así estético y acogedor, y en ningún
momento los resplandores
encandilaban, o aturdían las vibraciones. Imaginé que beber
y permanecer algunas horas allí casi podría resultar una experiencia
hipnótica.
Antes de que me
dispusiera a recorrer el lugar un mozo se acercó, bandeja en
mano, y con una sonrisa me
dijo: “Para empezar”, mientras me daba una de aquellas copas.
Luego me dijo con cierta
complicidad:
-
La ha sentido ¿no es verdad?
-
Ah sí… - le respondí, sin saber a qué se refería en
realidad.
Sonrió, y apenas pareció
distraerse con algo del entorno, concluyó:
-
Disfrute de su copa.
-
¿Qué es lo siguiente? – intenté preguntar. Y cuando
pareció que no iba a responder,
dejó escuchar:
-
No piense en lo siguiente.
Bebí, y con el
primer trago encontré un delicioso aroma que me recordó al de
quien me había dado aquel
consejo al entrar. Tenía un gusto interesante, pero no supe
adivinar qué era. A partir de ahí, todo lo que hice fue seguir el ritmo.
La música se había
tornado más viva, y casi invitaba a bailar. Ya acostumbrado a
la atmósfera del lugar, empecé con más detenimiento a fijar la vista en
lo que me
rodeaba. Y noté entonces algo que me sorprendió: una sensible sincronía
entre los
movimientos y las actitudes de
todos los que estábamos ahí. Sin duda es algo común en
lugares de esa naturaleza…
“una continuidad entre el sonido y el estado de ánimo de los
presentes” imaginé; pero era
la primera vez que yo lo sentía de un modo tan verídico.
En ese momento entendí en
parte el porqué de las aglomeraciones en sitios
pequeños con música fuerte y
atmósferas viciadas; algo que nunca me agradó ni me
agradará demasiado.
El trago había
hecho un efecto positivo en mí, y me hallaba algo más alegre. Me
escurrí por entre la gente
buscando otra posición, y mientras lo hacía vi a la que era
probablemente la figura más
venerable de aquel lugar. Estaba apoyada contra una pared
en una posición claramente
sugerente. Esa misma pared daba origen a una escalera
circular que conducía al piso
de arriba, de modo que ella estaba justo al principio de la
escalera. Me quedé
observándola un rato desde el punto más oscuro que encontré en la sala.
Volví a ver al mozo con su
bandeja y no pude evitar decirle:
-
Eh ¿Tiene otra? – De inmediato se acercó y me obsequió
la última.
-
Gracias. ¿Qué es exactamente?
-
Es el cóctel de los sentidos – me dijo, con la misma
divertida complicidad.
-
Ahora entiende ¿eh? Jaja. Yo sé, yo sé que la ha
sentido. ¡Ajajajaa! Es toda suya.
Esbozé una risa y no dije mucho
más porque aquello me dejó pensando. No
entendí en el momento lo que
había querido decirme con “La ha sentido”. Pensé que me
estaría gastando.
Pero rápidamente ahogué la
duda y volví a concentrarme en la dama de la
escalera. La semioscuridad, las luces interrumpidas no me permitían ver
su rostro,
aunque de cierta manera supe
que ella también me miraba. Mejoré un poco mi postura,
caminé algunos pasos y me
dije: “Será cosa de una noche”. Me acerqué lentamente, y no
pude evitar dirigir mi mirada
hacia la escalera. Me desvié un poco, a tal punto de pensar
en subir por ella. Pero no… antes había que lucirse.
Llegué hasta la dama, y le
hablé:
-
Bonita fiesta ¿eh? ¿Probaste el cóctel?
Movió apenas la cabeza, y se
quedó como examinándome.
-
Sí – me dijo.
Sentí de repente el
inconfundible aroma que ya antes me había cautivado.
-
Esa fragancia – le dije, y comencé a sentirla con gran
intensidad en ese lugar.– ¿De
dónde viene?
-
¿Te gusta? – me dijo – Es mi leit motiv.
-
Así que es tuya.
-
Sí. – Cambió de posición y se alejó casi
imperceptiblemente. Luego infirió:
-
Has seguido mi consejo.
-
¿Cuál? – y recordé…
-
El de hoy al entrar.
-
Ah… fuiste vos.
Asintió levemente.
-
Claro… si era la misma fragancia – murmuré.
-
¿Qué?
-
Que me sirvió de mucho. No soy muy avitué de estos
lugares y… ya ves…
Ahora ella esperó, y pareció
perder interés en mí.
-
Todos somos adictos a algo – Dijo por fin. Y haciendo
el ademán como de
espantar una mosca, me
sugirió:
-
El secreto es fluir. Dejarse llevar.
Admito que a partir
de ahí quedé como atrapado. Ese olor suyo tan particular…
esa fragancia despertaba en mí
un deseo muy intenso y casi desconocido. Me había
sobrevenido una forma distinta
de ansiedad, y lo único que sabía era que la quería a ella,
y que necesitaba subir cuanto antes aquella escalera.
Ahora ella miraba
hacia otra parte. Lo único que supe decirle fue “disculpá, voy al baño”.
Por lo menos así podría volver. Me alejé entonces lo más lentamente
posible,
resistiéndome a la estúpida
tentación de subir la escalera. Me fui pensando, y esta vez
sabía que no podría parar de
hacerlo. “¿Porqué todas estas emociones? ¿Y porqué tan
de golpe?” Y recuerdo que,
mientras, resonaba en el lugar aquella clásica canción ‘I’m
going crazy’.
Una vez en el baño
intenté tranquilizarme, pero no hice más que encontrarme con
la madeja de preocupaciones que había dejado afuera. Habían estado ahí
todo este
tiempo, esperando.
Noté que una brisa
excesivamente fría se colaba por una pequeña
ventana cerca del techo. Vi
que el encargado de limpieza estaba allí, y antes de salir le dije:
-
Habría que cerrarla ¿no?
Esperó, y sin impacientarse me
sugirió:
-
Ciérrela.
-
No sé cómo. Usted es el encargado.
-
Ciérrela, si es que a usted le molesta el aire frío.
Hay que saber poner fin a lo
que a uno le molesta.
Me limité a no responderle.
Quizás tuviera razón.
Mientras me lavaba las manos,
el sujeto se acercó y me dijo:
-
Vamos amigo ¿Por qué esa cara?
-
Nada… preocupaciones.
-
Un caballero, elegante como usted, no debería
tenerlas. ¡Vamos! sepa
divertirse ¿Para qué cree que
ha venido toda esta gente hoy aquí?
-
Si, le entiendo. Pero hay problemas, cosas que no
respetan ningún tipo de
diversión.
-
Ahh… ellos se la pierden. Escuche mi amigo: se vive
mal en las grandes
ciudades. Sí. Estamos en
crisis, y habrá crisis peores. Sí. Pero no. No podemos
permanecer alineados al
esquema de malestares que nos han preparado. Somos
parte de esta torta y debemos
cuidar que no nos coman.
-
Jaja, es verdad. No vale la pena alienarse. En fín…
-
Y recuerde: deje afuera lo que es de afuera. O
simplemente corra la cabeza; no
pretenda estar tan lúcido
tampoco.
Me dio un par de
palmadas en la espalda, husmeó el aire como extrañado. Cuando
ya me disponía a abrir la puerta me dijo:
-
A usted también lo ha invitado ¿no?
-
¿Quién?
-
La dama de la escalera.
-
Mm no exactamente – le respondí algo sorprendido – Yo
la he buscado.
-
Si… pero créame – insistió – Ella es la que invita.
Ella siempre invita.
Sin más palabra,
saludé al sujeto con un gesto, y al mirarlo encontré en su cara esa
expresión de absurda
complicidad que me recordó a la del mozo.
“Yo sé, yo sé que la ha
sentido”.
Lo interesante es
que nuevamente había logrado evadir a la razón, y ahora estaba
decidido a volver con aquella mujer. Volvería a sentir su aroma, su leit motiv.
Me moví por aquella atmósfera
azul de cuerpos que bailan, buscándola con
la mirada. Ahí nada estaba quieto, era un ambiente estupendo.
Ahora la vi sentada
en el quinto escalón de su escalera. Me asombró no ver ningún
otro caballero cortejándola; y entonces volví a recordar las palabras
del mozo
“Es toda suya”
Me acerqué, y ella
siguió lentamente mis pasos con la cabeza. No había baranda,
de modo que llegué a su lado y me agaché para poder hablarle:
-
¿Estás cansada?
Negó con un movimiento.
-
No estás borracho – me dijo.
-
Mm no suelo emborracharme. Fui al baño, como te dije.
Me entretuve
hablando con el encargado.
-
Sí, si. – Suspiró - Todos se escapan al principio.
No supe qué decir. Me reí.
Volvió a suspirar,
y yo volví a sentir la densa y dulce fragancia. Afiló un poco lo
sugestivo de su postura, apoyó
su mano en mi hombro derecho y se acercó para decirme al oído:
-
Esta es noche de locos. ¿Qué pensás hacer?
Le respondí:
-
Los locos no piensan.
Sonrió, me extendió
su otra mano, y yo la tomé. Estábamos justo de frente, y le dije:
- Pero de momento me gustaría
verte el rostro.
Lo cierto es que en
todo aquel rato, fuera por la sombra de su cabello o por la
oscuridad, no había visto más que la expresión de sus labios.
- Vení – me dijo – Subamos la escalera.
Sentí un vértigo
profundo al escucharla. Me enderecé, y entonces vi que tenía al
mozo de espaldas junto a mí,
riendo con otros sujetos. Pero lo distraje al pararme; y, al
verme en mi situación, me susurró:
-
Ah… es la locura ¿verdad?
-
Sí, linda mujer.
-
Jaja… yo sabía que lo atraparía.
No podría haber faltado aquel
tono de forzada e inconfundible complicidad.
Ella ya estaba subiendo, así
que me apuré y la alcancé casi llegando al primer piso.
-
Vas apurada ¿Qué hay acá?
-
- Lo mismo – me dijo- pero todos están algo más
sueltos. – Y con sólo dar una
ojeada constaté lo
sorprendente y alucinante que puede llegar a ser la sala de
espera de una aburrida torre
municipal. Cómo hubiera querido perderme en aquel
bodrio… Un resplandor rojo
llenaba el ambiente, que era como desgarrado por
espasmos violetas y azules en
distintos puntos de la sala. La música guiaba todos
estos cambios, con una intrigante
línea de bajo, muy psicodélica, que actuaba de
somnífero y a la vez de estimulante.
Pero antes de que quisiera
acordar, la dama de la escalera seguía de largo.
-
¡Hey! - la invité, y me dijo:
-
No es este el lugar. – Así que me esperó y yo me
induje a su lado, tomándola
de la cintura.
-
Vendrás a la vuelta – me infirió.- Debemos ir más
arriba.
-
¿Debemos? – le dije - ¿quién te obliga a hacerlo?
-
Dijiste que querías verme la cara.
Me miró, y suspiré, intentando
aceptar dos hechos: las sombras y su no muy
largo cabello no dejaban verle
el rostro, sí; pero era el suyo un
capricho tan absurdo… Podría
haberme mirado de frente al menos un
segundo, al principio, y es que
aparentemente en eso residía la fuerza de su
atracción: en tener algo que
ocultar, para después poder mostrarlo.
Llegué a sospechar que me
estuviera conduciendo, quizás, a un ingrato
desenlace escaleras arriba.
Luego encontré alivio en la
posibilidad de que, sintiéndose insegura sobre su
expresión o su belleza, no
quisiera revelarlas en un comienzo, para así
asegurarse mi voluntad y mi
presencia una vez quitado el velo.
-
Dijiste que querías verme la cara.
-
Ah. Está bien. ¿Cuál es el último piso?
-
Mm depende… no podría ser muy precisa. Varían con el
tipo de acompañante.
Muchos se ponen locos por mí,
al mostrarles. Otros se ocultan en el vértigo de ellos
mismos.
-
¿Así? Sos muy activa entonces.
-
Tengo mis admiradores – Me dijo, sincerando el tono: -
Mis… aspirantes.
-
Me gusta acompañarte. Tengo mucho más para ofrecerte
que desfilar en la
oscuridad. – Le dije.
La escalera estaba tenuemente
iluminada por los tubos rojos de las luces de emergencia.
Ahora el perfume se había
vuelto a hacer notar, y provenía de aquella dama que parecía
delirar.
-
Esa esencia… -le señalé – la había notado antes, en el
cóctel.
-
El cóctel, el ritmo, yo… somos la misma cosa. Yo soy
la diosa de los secretos.
Sentí de repente aquel vértigo
profundo acalambrando mi corazón.
-
¿Sí? ¿Cuál es tu… nombre?
-
Ninguna – respondió.
-
¿Ninguna? – repetí.- Como quieras.
-
Ése es mi nombre – Me informó – y te estoy invitando a
conocerme.
En ese trance habíamos subido
algo de diez pisos cuando, corriendo al costado el
cabello, mostró su cara.
Era el rostro más bonito que
ninguna mujer podría haber mostrado.
Así que la enfrenté
serenamente con la mirada, hasta sentir su borde interno,
y lo comparé con aquellos que
conocía en el paisaje de mis experiencias.
Sus ojos estaban encendidos, y había en su rostro una pizca de
vanidad, aunque
hablara con dulzura. A medida que subíamos por aquella torre
oscura, a medida
que pasábamos las luces rojas y tenues de emergencia de cada piso,
me susurraba
cosas inentendibles, cosas que quizás yo hubiera comprendido si no
fuera
por las severas impresiones que recibía debido a su fragancia.
Sentía que tenía que devolverle algo, aunque no supe bien qué… ¡Algo!
Por toda
la intensidad de las emociones que estaba despertando en mi
interioridad, que
hacía tiempo venía árida y gris, como este cúmulo de luces y
torres despojadas de
toda calidez humana que llaman ciudad.
Cuando intenté volver a respirar profundo, ya sea para sentir su
fragancia o para
poder hablarle, fui atravesado por una brisa gélida. Al acercarme
un poco para
intentar hablarle, mi cuerpo experimentó un escalofrío que, recorriendo
la
espalda, llegó hasta mi cabeza, y me dejó inmediatamente en otro
estado psíquico.
Como si la dama estuviera ejerciendo algún efecto en mí, sentí un
cambio abrupto
tanto en la temperatura de mi cuerpo como en mis ideas, que se
tornaron intensas,
caóticas. Extendí mis manos por sus brazos, hacia abajo, hasta llegar
a tocar las
suyas; y ella, con sus ojos fijos en mi pecho, me susurraba algo
acerca del
corazón. Que debía cuidarlo, y que acercarme a ella demasiado
podría dejarlo
frío. Fue así que, sin decir palabra, me quedé viendo su rostro de
faz sombría y
ojos llameantes, sintiendo el efecto sedante que esa mujer produce
en todo aquél
que se anime a caminar a su lado escaleras arriba.
Recuerdo que en cierto momento llevó su mano hacia mi corazón, y
la dejó allí
un rato como para comprobar que todavía latiera. Luego se aproximó
hacia mi
cuerpo, y se enredó en él, en derredor, adueñándoselo por
completo, de un modo
que no podría explicar, cual si fuera una planta, y yo un muro.
Así ganó
espacio y extendió sus ramificaciones. Me clavó sus uñas como
espinas. Arrastró
sus cabellos como un ramo de flores sobre mi cara, y luego a lo
largo de toda la
extensión de mi cuerpo.
Parecía que adrede usaba su aliento para sedarme, puesto que su
boca
siempre se mantenía tan cerca de la mía... Recuerdo la suavidad de
su cuello,
aunque no conservo fieles detalles del hecho en sí debido al
estado al que, cual si
fuera una droga, esa mujer me había inducido.
Puedo recordar que en determinado momento nuestros cuerpos por fin
se
separaron completamente, luego de que esa conexión física, y a la
vez
extransensorial, llegara a su punto cúlmine.
Y, luego de estar reptando a lo largo de toda mi humanidad, su
cara ahora
desprolija y despeinada pudo verme nuevamente de frente, ya desde una
cierta
distancia.
Tanto nuestras manos como nuestras respiraciones dejaron de hacer
contacto.
Ella sonrió, y sólo dijo:
-
"¿Te gustó?"
Acercó de nuevo su cara, pero esta vez a mi oído, y declaró:
-
“Eso
es amor en una forma que ninguna haría".
El envión de alguna fuerza
extraña me inducía a continuar ahí, a pesar de
que lo más similar que tuvimos
al típico encuentro sexual hubiese pasado ya.
No era mi entera voluntad lo
que me sostenía a su lado. Todo indicaba que aquella
mujer, cual si fuera una flor o
una sustancia, había ejercido un efecto en mí, cuya
naturaleza yo no era capaz de frenar
o contrariar de ningún modo, incluso por no ser
consciente del mismo.
Como adictos que no saben abandonar el juego volvimos a
continuar la ascensión, perdida
ya toda noción del tiempo, y en un devaneo de insinuaciones y pasiones crecientes nunca
antes sentidas, que tomaron posesión de nuestras mentes, y que dejaron una expresión
desencajada en nuestras caras hasta recién serpenteantes.
ya toda noción del tiempo, y en un devaneo de insinuaciones y pasiones crecientes nunca
antes sentidas, que tomaron posesión de nuestras mentes, y que dejaron una expresión
desencajada en nuestras caras hasta recién serpenteantes.
Lo cierto es que, de todo
aquél ascenso hacia donde ella quería ir, sólo puedo
recordar su silueta y su cara
y, extrañamente, nada de lo que hubiera alrededor.
Ahora estaba visiblemente
encendida, no como al principio de la escalera, así que
pude guardar impresiones de sus
rasgos claros, naturales; y, luego, de la exégesis de
sus rasgos, pero eso ocurrió recién
en lo más alto de la torre.
Traicioné mi miedo con el que
creí que era el suyo, de modo que ambos
desaparecieron, y la “esencia”
inspiradora que ella nos regalaba, y que invadía mi
mente por completo, terminó
por enamorarnos.
Asedié aquél rostro con mis
miradas, me acerqué y besé por primera vez
sus labios.
“¿Y qué puede venir ahora?”
pensé “¿Adónde subiremos?”
Por inercia volví a recordar
al mozo:
“No piense en lo siguiente”
Era eso exactamente. Ahora y
sólo ahora. Vivíamos el momento en toda su altura
y a lo largo de toda la
impresión que deja. De manera impensada, con sólo una
conciencia inmediata de lo que
ocurría. Recorríamos dulcemente los instantes,
que se perfilaban como vagones desiertos de un tren nocturno en movimiento.
que se perfilaban como vagones desiertos de un tren nocturno en movimiento.
Llegado un punto, no pude
evitar gritar:
Ese perfume… ¡¡ese perfume!!
La espléndida dama no pudo
evitar reírse.
Me tomó con sus manos del
mentón, y luego de suspirar como sólo ella
sabía hacerlo, lanzó a mi cara
una bocanada de la esencia psicoactiva de sus
adentros. Un aliento intemporal,
perfume de ninguna, beso de su
presencia intensa y virginal.
No sé ya qué decir. Luego de
esto pierdo la posibilidad de recordar más detalles.
Hay un tramo verdaderamente
incierto de impresiones en mi memoria. Lo único
que puedo asegurar es que,
casi ya en el final de nuestro recorrido ascendente por la
torre, volví a experimentar
aquella sensación de un deber irresuelto, de una eterna
deuda impagable que no pude
soportar, y eché a correr escaleras abajo, olvidando
ahí a la misteriosa mujer. Una
parte de mí quedó arriba, acompañándola. Pero todo
el esto de mi ser bajó como
demente con causa concentrándose únicamente en no
resbalar. Y al llegar a la
planta baja recuerdo haber escuchado al de limpieza
vociferar:
-
¡Eh amigo! ¿Qué hacía ahí todavía?
-
¡¿Qué cree usted?! Hay que dejarse llevar – alcancé a gritarle.
-
Ha seguido el consejo ¿eh? jeje ¡Pero se ha relajado
demasiado!
Vi que la sala principal destinada al baile ya estaba vacía, y la puerta todavía abierta,
así que seguí el impulso de las escaleras. De todos modos, ya no pude perderme demasiado.
así que seguí el impulso de las escaleras. De todos modos, ya no pude perderme demasiado.
Volví a mi departamento esa
noche, hace ya tres años, sin saber cuál era esa
responsabilidad que había succionado mi voluntad, en la huida del final,
de
manera tan insistente y preocupante. Es el día de hoy que no lo he descubierto.
Y
he vuelto varias veces a la torre municipal, incluso en las altas horas,
pero nunca
volví a ver el baile de las luces.
Allí me han dicho que nunca se
organizó una fiesta en la planta baja, y que tal cosa
estaría prohibida en cualquier sector del edificio.
Los amigos y
conocidos que escucharon mi historia, algunos quizás me tomen por
mentiroso. Sólo los pocos que
la conocen a fondo dieron crédito cuando les he dicho y
mostrado que ¡tengo pruebas!
Como dije, fue cosa
de una noche. Y desde esa noche no he vuelto a usar el traje
que había estrenado, y que aún
conservo, por un solo motivo: en las solapas del cuello y
en los hombros todavía puede
olerse aquella fragancia de ascendencias tan dulces, aquel
aroma tan intenso y visceral… ese
aliento de ninguna que es, sin duda alguna, el mejor
de los perfumes.
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