El mito de La Cabelluda (por Fede Ferraro. All rights reserved)


LA CABELLUDA    .......      






LA CABELLUDA (Mito o leyenda urbana, escrita en 3 días en inicio del 5/2019 por Fede Ferraro. All rights reserved)(Extensión: 5 carillas en Word letra Sylfaen 11)


Es curioso cómo nuestras acciones pueden llegar a definir nuestro destino. Y éste parece ser ineludible, ya que no se puede escapar de él, como tampoco podríamos escapar de las garras de La Cabelluda, así conocida popularmente en cualquier pueblo alejado de alguna gran ciudad. En sudamérica es bien conocida su historia, y se esparce entre rumores, pero no diré más sobre su proveniencia geográfica o el que se cree fue su lugar de residencia en Argentina, dado que, por la seguridad del lector o de los aventureros que pretendan encontrarla, es mejor que no yo hable de ciertas cosas. Escribo ahora con mi alma trémula y con mi mano temblorosa, porque el sólo hecho de pensar en ella me atemoriza, y sólo les repito que, así como no podríamos escapar de nuestro destino, tampoco de La Cabelluda, en caso de que la encontráramos vagando, a ella o a su espíritu, por algún paraje desértico o alguna calle oscura.   
 
Esta historia comienza en el año 1670, en una España feudal que, aunque estaba abierta a las corrientes del humanismo renacentista expresado en las artes, todavía contaba con una aristocracia que se vestía de negro, pues no había asimilado las modas en la vestimenta provenientes de Francia, y, claro, se trataba de una sociedad duramente católica. El país parecía aislado del resto de Europa, en parte por la barrera de los pirineos; debido a este límite geográfico las relaciones diplomáticas con otros países se hacían lentas y difíciles, de modo que su aislamiento era cultural pero también económico. De ahí que sus poblaciones sufrieran largas hambrunas y vieran a la miseria revolotear como un ave de largas alas sobre sus cabezas.

No es difícil deducir que la escasez de recursos lleva al hambre, y éste desata enfermedades. Es por eso que una señora, casi anciana, intentaba buscar la cura a la peste que se había adueñado de la salud de su hija. Pero lo hacía de maneras que no eran las aceptadas por la Iglesia y sus duros mandatos. Buscaba recuperar la salud de su hija embarazada a través de infusiones hechas a base de hierbas. Y eso, por aquel tiempo, era considerado una herejía. La ciencia y la química aún no se habían desarrollado lo suficiente, de modo que, apoyada en sus creencias, que no eran estrictamente católicas, se internaba con frecuencia en el bosque para recoger ciertas flores y ciertos tallos, así como raíces de ciertas plantas que, una vez hervidas en una pequeña caldera, luego le darían el bien tan buscado. 

La viejecita y su hija vivían en una choza a la que no consideraban un hogar, sino un refugio, ya que eran perseguidas por buscar en las pócimas vegetales la cura a los males que Dios depositaba en sus cuerpos. De cualquier modo, aunque habían sido curanderas toda la vida, sabían que en algún momento las encontrarían. Las cacerías de herejes y paganos eran cada vez más cruentas, y los jinetes de la Iglesia se internaban cada vez más profundo en territorios deshabitados y en bosques inexplorados, pues hacia allí habían huido sus víctimas.
Y un día, finalmente, ellos llegaron. Cuatro jinetes con sus caballos, con una bandera extraña, cabalgando lentamente, comandados por una silueta que iba al frente. Esta última estaba vestida completamente de negro, a excepción de un pequeño rectángulo blanco en su cuello, y con su brazo derecho sostenía una lanza que tenía una cruz en la punta. Era un simple cura, aunque parecía la imagen de la muerte misma sosteniendo su guadaña. Con una mirada árida y una expresión furtiva dio una orden de movimiento de cabeza, torciendo la punta de su cruz hacia la choza, y entonces los jinetes bajaron, desenvainando sus espadas.

Luego de oírlos, y al ver el despliege por la única ventana de la choza que daba hacia la entrada, la anciana corrió hacia la pequeña caja donde guardaba sus flores, sus raíces, y salió rápidamente al patio, donde ya tenía preparado un hoyo donde enterrarlos. De modo que se desplomó de rodillas, escarbó un poco, depositó la caja e intentó cubrirla rápidamente con el montón de tierra que había a un costado. Cuando estuvo lo bastante cubierta, se incorporó ,y al dirigirse hacia la choza vio al párroco y a dos de los jinetes que la miraban fijamente desde dentro de la choza. Ellos salieron al patio, y el religioso le preguntó con tono iracundo a la anciana: 
"¿¡Qué estaba haciendo arrodillada en ese lugar!?". 
A lo que ésta contestó: 
"Estaba rezando, mi señor". 
"¿Sólo eso?" le inquirió el cura.
"Sí, mi señor. Es que me asusté al ver la caballería. Pensé que algo grave se avecinaba".
La miró con una expresión de severa desaprobación, y no dijo nada.
"¿Podría decirme a qué se debe tan repentina y grata visita?" dijo la vieja.
"¡Lo sabrá a su debido tiempo!" respondió el hombre con tono tajante, mientras caminaba hacia atrás de ella, hacia donde estaba el pozo que ahora era un montículo de tierra.
Al ver esto, la anciana enseguida vociferó para desviar la atención de los sujetos, con una sonrisa desesperada: "¡Les haré un té o algo caliente. Deben estar exhaustos y deshidratados luego del viaje a través del bosque!". Comenzó a moverse hacia la choza, pero enseguida los dos jinetes se juntaron para impedirle el paso.
En ese momento el cura, que estaba parado examinando el montículo de tierra que desentonaba con el resto del terreno, sentenció: "Hay otra mujer con usted allí adentro, y está embarazada".
"Sí señor, es mi hija", dijo la vieja, y en tono de súplica continuó: 
"No le hagan daño, está muy enferma, pero se está recuperando, y lleva ya seis meses de embarazo".
Ahora el cura se dio la vuelta, y miró fijamente a la vieja, sonriendo. "Bien", se acercó y dijo con un tono mucho más sereno, tomándola de las manos: "No se preocupe por ella, estará a salvo".
"Oh señor, sería un honor si usted le diera su bendición. La necesita" expresó la anciana, con lágrimas en los ojos, creyendo haberlos engañado.
"Sí, claro que oraré por su alma... pero antes dígame qué es eso que hay allí".
"¿Dónde?" exclamó la vieja. 
"Allí, justo donde usted se encontraba arrodillada rezando".
La pobre curandera no supo qué decir, y se quedó mirando con el ceño fruncido y con desesperación tanto al montículo de tierra como al gesto adusto del cura.
Al pasar unos segundos, éste la tomo bruscamente del antebrazo, la llevó hasta el lugar y la hizo caer de rodillas justo frente al montículo, donde la había visto hacía instantes. 
Les dio una señal a los guardias para que escarbaran el suelo, y pronto quedó al descubierto la caja. Y al abrirla, la anciana supo que todo estaba perdido para ella y su hija. 
"¿¡Sabía que está prohibido rendirle culto a ídolos extraños, miserable bruja!?" dijo el miserable cura, antes de escupirla y darle la orden a los guardias para que la amarren.

Lo demás es historia conocida... las llevaron a madre e hija encadenadas, y ambas fueron juzgadas por un primitivo tribunal que las acusó de brujería. La anciana fue la primera en ser quemada en la hoguera, a la vista de todo un pueblo que festejaba el acto de justicia, y a la vista de padres que llevaban a sus niños, como si eso fuese un espectáculo digno de verse. El fuego refulgía en los ojos de esos niños, algunos de los cuales se tapaban los oídos para no oír los gritos de agonía de la curandera a la que llamaron bruja.
Dos meses después nació la niña, su nieta, llamada Martirio por la monja que hizo de partera. Este santo nombre, explicó la partera al cura que había efectuado la cacería, serviría para redimir a la pobre niña de los pecados que habían cometido sus antecesoras.

La madre de la bebé, cuyo nombre era Concepción, corrió la misma suerte de final en la hoguera que la abuela, cuyo nombre se perdió en el tiempo.

Pero la niña recién nacida, en un principio, tuvo mejor suerte. Fue a parar a un convento y quedó en manos de unas monjas misioneras de España, fines del siglo XVII... La misión era viajar en barco hasta el nuevo continente, específicamente el sur, a un modesto puerto de Argentina. Allí organizarían una estancia donde las niñas, ahora huérfanas y futuras monjas, serían cada día adoctrinadas en la fe, para que el nuevo pueblo sudamericano asimilara la religión en su día a día. Como parte de esa creciente institución iba esta niña que debemos decir tenía serios problemas de relación con las demás niñas de su edad. Se debía a que se burlaban de ella diciéndole bruja... debido a que su abuela y su madre habían sido acusadas de semejantes pecados y habían sido incineradas como tales, el estigma ahora recaía en Martirio, la nieta.
Era una bella niña con un pelo por demás llamativo, debido a su extensión, a su color trigueño y a su justa medida entre enrulado y lacio.

Y esto, a pesar de ser un rasgo de belleza, no hizo más que exaltar el ánimo de ensañamiento contra ella por parte de las más violentas del grupo de niñas. Pasaban tironeándole el pelo o clavando cosas en él, y eso le generaba un constante fastidio y un estado de nerviosismo por el dolor del cuero cabelludo debido a los continuos tirones de pelo.

Pero un día, en la sala de dormir del nuevo convento al que arribaron en Argentina, ocurrió el pináculo de este maltrato. Se juntaron al menos 7 niñas en la noche, fueron hasta la cama de Martirio y comenzaron a cortarle su bella cabellera, quizás por envidia, quizás por simple travesura... El hecho es que despertó al rato e intentó zafarse, pero la sostenían muy fuerte cabeza abajo, y no pudo evitar que la dejaran casi totalmente pelada, mientras se escuchaba a una de las niñas decir "Tu hermoso cabello debe ser bendecido, querida bruja sureña".

Salieron por la ventana de una habitación aledaña que daba al jardín del convento y enterraron los restos de la gloriosa cabellera de Martirio, mientras las crueles niñas continuaban mofándose "Pobrecita, la cabelluda...". Esto sucedió teniendo ella ya unos 15 años. Bajo un cielo plagado de nubes, y que dejaba ver de a tramos una luna llena media salpicada y brillante, hicieron semejante acto malicioso, mientras el viento golpeaba los árboles y las banderas y las candelas encendidas de la distante calle.

Clavada sobre el montículo de tierra debajo del cual estaba el cabello de Martirio enterrado, dejaron una cruz de madera. Quizás no lo hacían por maldad, y realmente creían que la joven era una posible bruja. De cualquier manera, ella sufrió muchísimo aquella noche.
Al otro día vinieron las reprimendas cuando una de las monjas de la misión le quitó la capucha de su sotana. La tenía puesta a propósito, para disimular la falta del pelo, y por esto fue duramente castigada, sin que le dieran oportunidad de explicar que sus compañeras habían sido responsables de esa locura.

Fue culpada de cometer tal acto y fue recluida en una habitación aislada.
Recibió todo tipo de castigos y maltratos por parte de las monjas, que no le permitieron explicar razones. Finalmente ella cesó en sus intentos de contar que había sido atacada en mitad de la noche por las demás niñas, pues no le creerían, así que guardó silencio. Y el despecho se adueñó de su cabecita ahora hecha añicos. Y el odio volvió a sus ojos portadores de una decepción infinita. Más no se resignó ni se encerró en su aislamiento.

Para el final del siguiente día decidió vengarse. Y podría hacerlo con tranquilidad, en parte porque las monjas las enviarían a dormir muy temprano. Así que "La Cabelluda", como ahora la habían apodado, esperó a que "sus amigas" estuvieran dormidas. Poseída por una ira y una malicia poco frecuentes en ella, se deslizó por los pasillos, de noche; tomó una tijera de un cajón, llegó hasta las camas, y con una mueca desencajada procedió a cortarles un mechón de pelo a cada una. Mientras dormían, sin siquiera tirar del mismo, les quitó lo inmaculado del cabello a todas. Mientras lo hizo, y hasta que terminó su venganza, se sintió extrañamente encendida, como si hacer aquello fuera motivo de entusiasmo. No había dudas, era un alma bella, pacífica, y la habían pervertido.

Se las imaginaba despiertas, y veía en ellas el reflejo del fuego que había en los ojos de los niños que años atrás festejaron la hoguera de su abuela curandera a la que llamaron bruja, tapándose los oídos para no oír sus gritos... qué inmensa hipocresía, congregarse para verla arder, pero no querer que sus gritos incomoden la consciencia...

Como acto final, casi sin pisar el suelo, se dirigió al patio y enterró todos los mechones de pelo en un hueco en la tierra que hizo junto al que habían cavado para poner su cabello, que era la clave de su belleza y tan cruelmente se lo habían arrancado. Al cabello de las maliciosas lo tapó con tierra, se pasó la noche maldiciéndolo, escupiéndolo, hechando basura sobre él; y cuando estuvo por salir el sol tomó la tijera, se hizo un corte en una de sus manos, dejó que brotara la sangre y empapó con ella tanto el montículo donde estaba su cabello como la cruz de madera que habían puesto sobre él. Luego cortó una sábana, se enmendó la herida, y se marchó apenas con una bolsa con sábanas y una tijera, hacia algún lugar desconocido, fuera de todo mapa, ya que nunca volvieron a dar con la jóven.

Pero Martirio dejó su marca en la cabeza de cada una de las agresoras, y su historia quedó como una leyenda rural o urbana en la que muchos creen.

Y la creencia en la presencia de La Cabelluda se ha extendido desde aquellas épocas hasta el presente. Debido a ciertas coincidencias en el modus operandi del asesino o el raptor, desde esa época la institución policial viene investigando la sucesión de cientos de casos de desaparición de personas muy similares, desde un año después de que Martirio se fugara del convento hasta el tiempo presente. Más bien, estos casos son todos exactamente iguales: siempre aparece una mancha de sangre cubriendo el montículo de tierra bajo el cual siempre hay un mechón del cabello de la víctima. Pero nunca aparecen los cuerpos.

Los rumores y las supersticiones han sido siempre moneda corriente en las poblaciones menos instruidas y quizás más alejadas de las grandes urbes. Algunos dicen que se aparece como una mujer vestida de monja pero con su cabeza cubierta, como si no tuviera cabellera alguna que mostrar. Y los más osados a la hora de describirla dicen que han visto en sus rasgos una mueca de decepción o de resignación profunda, mientras camina por bosques que casi nadie frecuenta, arrastrando del pelo a sus víctimas por el suelo hacia algún lugar alejado del tiempo y el espacio.

En este caso, a medida que pasan los siglos, la historia de La Cabelluda es cada vez más divulgada, debido al tiempo transcurrido, que permite deducir que Martirio ya no está con vida, aunque todavía alguien o algo sigue efectuando los mismos crímenes y dejando la misma firma. Y esto, claro, la distancia, la perpetuidad en el tiempo, genera más interés e interrogantes en la población y en los investigadores.

¿Un mechón de cabello enterrado por cada víctima? ¿Por qué, según los que la vieron, arrastra del pelo a las mismas? ¿Es un alma en pena a la que pervirtieron de niña e injustamente condenaron, quitándole su bella y prominente cabellera? ¿Y ahora continúa encontrando y desapareciendo a cualquier persona para hacerle lo mismo, o selecciona con cuidado a sus padecientes?
 
Quizás estas supersticiones se basen en algún indicio verosímil, ya que nunca se encontraron tampoco los cuerpos (unos 717 contabilizados hasta hoy día que desaparecieron exactamente de este modo), esos que desde fines del siglo XVII desaparecen, sin dejar rastro alguno más que una mancha de sangre sobre un montículo de tierra; y debajo de cada montículo de tierra siempre se ha encontrado un mechón del cabello de la víctima.Extrañamente, todas estas desapariciones que se cree fueron cometidas por La Cabelluda han sucedido en pueblos estrictamente católicos, donde las misas son un gran acontecimiento cada semana, y donde los conventos aún reúnen a señoritas que recogen sus cabelleras cada día al despertar. Esto incrementa aún más las habladurías y pone en alerta a los fieles seguidores de la Iglesia que en su fuero interno rezan por no encontrarse con ella. Pero lo que quizás desconocen es que ella no se lleva de los pelos a las personas sin razón alguna. Escoge aquellas almas perversas que han pervertido a otras en algún momento de sus vidas. De modo que, si usted es una de esas, almas pseudocatólicas, le aconsejo lleve un corte de pelo poco llamativo, cúbrase de inmediato la cabeza e intente enmendar las heridas y los estigmas que haya ocasionado en almas puras y cristalinas como La Cabelluda lo fue una vez... una dulce niña que recibió la maldad de sus congéneres, a la que le quitaron su belleza, y a la que acusaron y castigaron sin razón alguna... es de esperar que su espíritu infantil deambule por conventos y pueblos de Dios buscando venganza.




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