Los que perdieron la cabeza (cuento de terror financiero)

LOS QUE PERDIERON LA CABEZA.............por LFD


                         
                                                           
                                                              Trajes Perchas de Metal | eBay     

Guía con consejos y trucos para guardar los trajes en el armario



Es un cuento (de una extensión de 9 carillas en letra Sylfaen tamaño 11) de un género desconocido, horror financiero, y se trata, ante todo, de una sátira crítica al capitalismo acumulativo y al Estado (su gran empresa) .

Es un escrito crítico a la lógica de las empresas financieras, y crítico de sus malos representantes, aquell@s que conducen emplead@s a destinar su tiempo de vida útil en generar más ganancia y ser más rentables, todo en nombre de "la competitividad". Al vivir solamente para competir y para ganar más, esas personas se alejan de la verdadera esencia humana, que es poder sentir y pensar en profundidad cosas que ningún otro podría.

Estoy convencido de que lo que nos vuelve unic@s, aquello que define nuestra esencia y nuestra libertad individual (lo que nos vuelve importantes, sujetos únicos no idénticos a otros) es el poder emplear nuestro tiempo en 1) sentir intensamente, 2) pensar profundamente y 3) decir libremente lo que sentimos y pensamos. Esos son los verdaderos valores humanos, y no tanto el sueldo, la fama o la belleza que tengamos (valores superficiales).

Pero desde que cumplimos 17 años much@s quedan atrapad@s en una raths race, una espiral de la codicia, un círculo vicioso que much@s conocemos, y que nos conduce a seguir una carrera para ser "competitiv@s y así necesitar siempre ganar más para terminar alienad@s y alejad@s del rayo del sol, de la naturaleza y de nuestros verdaderos valores humanos.

Así que intentemos retornar a nuestra esencia individu al y creativa mediante esos tres verbos más arriba y sus respectivos adverbios de modo. Y aunque "trabajen en" corporaciones hipercapitalistas y competitivas (como bancos, multinacionales, medios de comunicación, o el mismo Estado, que según veo es una enorme empresa de la cual tod@s quienes paguen impuestos somos sus emplead@s)
fíjense, fijémonos de no trabajar "para" l@s supuest@s dueñ@s, aunque se trabaje "en" esos lugares. Sigan el propio designio en las tareas laborales, y no el de quienes creen tener el timón de la nave.

Es decir, seamos nosotr@s dueñ@s de nuestras propias palabras y de nuestro propio trabajo, si queremos seguir seres humanos con cabeza, y no rulemanes ajustadit@s de una máquina muy pero muy productiva. O bien dediquémonos / dedíquense a otra cosa. Que no nos pase lo que a esta gente a continuación. No seamos un gris cúmulo de trajes en sus perchas.





                                                      



LOS QUE PERDIERON LA CABEZA (Cuento. Texto completo)



A una institución financiera, fundada no hace mucho, en el centro de mi ciudad, acudían a hacer sus labores diarias una veintena de ajustados sacos grises. Al llegar, siempre rozaban sus codos, y otros sus mangas, sólo para saludarse; y, en los días grises, ellos hacían juego con el cielo nublado que, como vestido con harapos, también se veía convulso, gris y acelerado. Y aquél, o cualquier otro cielo, podían apreciarse perfectamente a través de las ventanas de la empresa, que daban a la calle. Estas eran solamente dos, ubicadas en el frente. Podía verse a los trajes trasladarse rápidamente, a través de ellas; y se veía el interior de sus lugares de trabajo desde ese exterior difícil, ciudad de alma hostil, maleva, y de calles empedradas.

Podía apreciarse que una de las dos ventanas era la de la oficina del presidente de la financiera. Y habría en esta empresa una veintena de ajustados trajes, como acabo de decir, pero no eran todos iguales. Había una clara distinción entre los “dueños” y los "simples empleados”. Los dueños eran trajes con una cabeza y una corbata en el cuello, mientras que los empleados eran solamente trajes en sus perchas, cada cual ubicado en la suya. Se movían de acá para allá, pero los trajes empleados no contaban con una cabeza, y no tenían una identidad visible; aunque sí tenían la percha con sus extremos y su pináculo, y esto los distinguía de los otros trajes "dueños", incluido el presidente, que tenían un cuerpo dentro, o parecían tenerlo.

Es cierto que los trajes empleados no podían hablar, opinar ni quejarse, debido a que la necesidad de tener más capital les había hecho perder la cabeza. Tampoco podían comunicarse a través de expresiones faciales, mientras que los trajes dueños discutían y decidían el destino de cada acción en la empresa, y podían hacer muecas de todo tipo. A pesar de esta diferencia expresiva, todos los trajes buscaban lo mismo al trabajar ahí: todos querían obtener un porcentaje de las acciones de esa financiera. Todos buscaban lo mismo, siendo que los dueños, los que tenían una cabeza visible, se caracterizaban por ser dueños de un cierto porcentaje de las acciones, lo cual les daba una ganancia extra cada mes. Mientras que, aquellos trajes que aún no poseían ningún porcentaje de las acciones, los empleados, eran sólo trajes en sus perchas, y debían conformarse solamente con el magro sueldo que ahí se ganaba; y empleados eran los que escondían la cabeza, no se sabe si por vergüenza o por sentirse presos de una inexistencia económica que les impedía ser alguien en la vida. Y, tuvieran cabeza o no, la verdad es que 
absolutamente todos se veían como perfectos trajes en sus perchas.

Tanto los siete trajes dueños, que tenían cabeza, como los empleados, que presentaban sólo una percha, todos ellos (y ellas, pues también había trajes mujeres empleadas en la empresa) en su mayoría estaban ajustados, o en proceso de ajustarse, y no me refiero a que estuvieran ajustando gastos por alguna pérdida económica… me refiero a que la mayoría de ellos y ellas desesperadamente buscaba ajustarse a la medida que tenían los trajes "bien llevados", los que tenían cabeza. Es decir, la mayoría buscaba ese mayor porcentaje de ganancia que, por tener acciones de la empresa, les permitiera ser dueños de ésta en alguna medida (algunos dueños lo eran al 40% de las acciones, otros sólo al 16%, otros al 5 %) para, de este modo, poder llevar una cabeza visible, y una billetera con algo más adentro.

Y es que no parecían tener otras aspiraciones en la vida más que el deseo de ganar más y más dinero. De ahí que no fueran personas con identidades, con gustos e inclinaciones identificables. De ahí que fueran simplemente trajes. Toda la inteligencia y la capacidad que poseían, quizás sin saberlo, la estaban depositando en generar complicadas maniobras para aumentar el capital de la empresa, y se estaban olvidando de los aspectos bellos de la vida. Se olvidaban del arte, de la reflexión, del ocio y de los viajes, e imbuían todo su tiempo en pensar cómo superar el ingreso económico de quien tenían al lado en sus escritorios. Competían entre sí. Eran meros esclavos del capital, aunque no lo supiesen. Aunque se creyeran cuerpos vivos, dueños o empleados, no eran más que títeres movidos por los hilos del dios dinero. Y es que la mayoría de los trajes no tenía más que una percha con sus ángulos en los costados, perchas que les sostenían los hombros al moverse... no tenían cabeza, y si la tenían la usaban únicamente para estas superficiales pretensiones.

Y eran sólo siete los dueños (sólo siete cabezas) y, el resto de la veintena, todos empleados; de manera que trece de ellos, casi todos, eran perchas con un gancho en la cima. Y coronando las perchas había un pináculo de metal que parecía un gancho con forma de signo de pregunta, como si cada uno de los empleados, cada una de las que no era una cabeza visible, fuera una simple incógnita, un simple acertijo de metal, un simple gancho de percha ocupando el lugar de lo que sería una cabeza… y dos simples varillas inclinadas levemente hacia abajo, que hacían de hombros, a los costados de cada empleado saco gris. 

Nadie se preocupaba por qué sentían o qué pensaban los descabezados, era evidente. Nadie se preguntaba cuáles serían las intenciones profundas de los empleados, o qué pensaban hacer estos trajes en sus perchas. Aunque se sabía que todos buscaban un mayor porcentaje, una mayor ganancia. Todos, al parecer, soñaban con poder obtener eso, excepto uno. El presidente, el supremo dueño de la empresa, tenía ya todo el porcentaje que necesitaba. Él era, al parecer, el más ajustado de todos los trajes grises. Él era la cabeza visible de la empresa.

Corrían de una oficina a otra, manchados de café, tensos por los vaivenes de esa financiera, captando clientes, y buscando ganar más capital, a través de las posibilidades que les brindaba internet. Sin embargo, perdían. Perdían el preciado tiempo de vida, luchando por ese porcentaje que les permitiera ajustarse lo más posible a los cánones deseados. ¡Y es que eran de ese tipo de prendas que sólo sirven para parecer ciudadanos decentes! Ustedes saben... Eran de ese tipo de prendas que necesitan estar siempre correctamente planchadas, estiradas y ajustadas, correctamente dobladas, ya sea que vistieran a una cabeza con rostro o ya sea que vistieran a una simple percha con su gancho a modo de signo de pregunta. Siempre todos los trajes de esa empresa, en definitiva, estaban inclinados levemente en sus escritorios, como mirando hacia la nada.

Y realmente algunos de esos trajes solían mirar hacia la nada, y hacer casi nada. Y otros trajes, en cambio, trabajaban duramente para lograr obtener un mayor porcentaje. Pero no miraban mal a los trajes vagos, los que solían quedarse en sus escritorios mirando hacia la nada. Incluso, el presidente tenía que resignarse a aceptar esta dura realidad: le dolía ver que había algunos trajes en sus perchas, o en sus cabezas, que pretendían no trabajar. Aunque se movieran caminando por el lugar, aunque fingieran hacer algo, al tener asegurado un sueldo, algunos sólo paseaban, o salían a la vereda a fumar, o a tomar café en el primer bar que encontraran abierto. Y el traje nombrado presidente de la firma, el jefe de los jefes, tenía que aceptar esta conducta, tanto de trajes dueños como de empleados, porque era demasiado bueno como para pelearse con ellos. Aunque viera esta conducta con tristeza y resignación, nunca lo demostraba, y procuraba siempre esconder sus intenciones de reprenderlos. Demasiado bueno y tolerante era el presidente, y prefería tener amigos en la empresa, antes que empleados. 

Difícilmente él pudiera sentir falta de compromiso con el trabajo, pues había tenido que esforzarse duramente en su juventud, y nunca había dejado de trabajar ni un solo mes en sus 67 años de vida laboral. Nunca había dejado de tomar la mayor responsabilidad en este emprendimiento, que ya llevaba dos décadas creciendo gracias a su presencia, y gracias a las inversiones cuantiosas que él hacía regularmente. Con resignación debía soportar esas ausencias individuales de otros trajes que, en algunos casos, eran casi totales.

Ahora bien, un día llegó a la financiera una joven dama que, según se decía, era la gran promesa. Con un título universitario y un currículum sustancioso demostró, al ingresar, verdaderas ganas de llevar a cabo su trabajo. A diferencia de otras y otros ineficientes con desempeño mediocre, esta calificada mujer llenaba las oficinas con una voz melodiosa que alentaba a los demás trajes; y desde su escritorio generaba más ventas que todos los jefes juntos. Admirable era su capacidad de captar clientes, y muy firme era el carácter con el que hacía frente a las exigencias de la empresa, que cada día la ponía a prueba. 

Sin embargo, la gran expectativa que de ella se tenía duró unas pocas semanas. 

Así como el café, al consumirlo, genera una activación psicomotriz y una tendencia a sonreír, si se lo incorpora en exceso termina por llevar a un colapso nervioso, y a tapar las arterias. Así como la lectura de un diario cada día puede servir para estar informado, el contacto constante con la información de muchos diarios todos los días producirá una intoxicación informativa. Y, siguiendo una metáfora similar, así como la primavera hace emerger las maravillas florales, el otoño luego se encarga de barrerlas, y el invierno, por último, se encarga de congelarlas. En este claroscuro, en este ciclo vital de los acontecimientos, lo que ocurrió con la bien trajeada profesional fue lo mismo que ocurrió con los demás... poco a poco ella fue viendo cuál era la lógica perversa de la empresa financiera. Debías acumular capital para tener una cabeza visible; debías obtener un alto porcentaje de las acciones, si no querías ser un simple traje en tu percha. De manera que ella se esforzó por obtener ese alto porcentaje que todo empleado deseaba, pero comenzó a ver que era un proceso lento, y no de un mes para otro se conseguía el estatus de "dueño". Tanto se dejó llevar por ese deseo materialista, que lentamente desesperó. Café tras café, hora tras hora en la soledad de su oficina, tensa por la subida y la bajada del dólar, dolido su cuerpo por el golpe de bolsa en Washington o en Singapur, movida su mente por las corridas bancarias y la bicicleta financiera de Buenos Aires, alterada por los vientos otoñales de crisis que golpeaban la ventana de su oficina, finalmente corrió la misma suerte de los otros trajes. Esa ambición desmedida, la misma que había afectado a todos los trajes en su momento, terminó por hacerle perder la cabeza.

De nada le sirvió ser esforzada y profesional en un mundo de mediocres capitalistas que sólo valen por lo que tienen.
Cabe decir que era de las que prolijamente se llevan los deberes a la casa. Así que una mañana, a la que había antecedido una noche de preocupaciones laborales, apareció ella en la financiera, pero no entera, sino como la simple empleada que era, como un perfecto traje en su percha, ya sin la que había sido su joven cabeza visible.
Y al verla entrar, todos los trajes dueños ahí presentes, los que aún tenían cabeza, los que podían hablar, corearon al unísono:
"¡Nadie escapa de los hilos del titiritero. Acá perdemos la cabeza por tener más dinero!".
"¡Nadie escapa de los hilos del titiritero. Acá perdemos la cabeza por tener más dinero!".


Y repitieron esta frase varias veces, con actitud festiva, aplaudiendo junto con los trajes empleados, que no podían hablar ni opinar, pero que sí imitaban a los dueños, movidos por alguna extraña fuerza desconocida. Y se acercaban todos a ella, entre movimientos de hombros y palmadas, y tocaban también sus hombros, ahora vacíos, y acariciaban su ahora puntiaguda espalda, con actitud de "bienvenida al club".
Se ve que era algo usual. La que corearon era una frase ideada por los dueños, algo así como el lema de la empresa, y seguramente habría sido puesta en práctica una decena de veces, por lo menos. La bien recibida no pudo expresar dolor ni alegría, debido a la ausencia más que significativa de su parte posterior, que ahora le impedía opinar, reír o llorar.

Lo que atravesó fue una especie de rito de iniciación para quienes recién se zambullen en el oscuro vicio de la acumulación capitalista. Pero nadie nunca le había anticipado que esto le ocurriría.

Ahora, sin su largo cabello, sin sus ojos, sin su boca y sin sus oídos, su sensibilidad era otra. Ya no le importaba todo aquello por lo que había estudiado y se había esforzado. Habiendo perdido la cabeza por el deseo de ganar más dinero, ahora actuaba mecánicamente, la bien trajeada profesional; ahora actuaba sólo para su beneficio individual, como todos ahí, movida por alguna extraña fuerza interna que le llevaba a intentar obtener el tan buscado porcentaje de las acciones. Es que, aunque hubiese perdido la cabeza, algo la impulsaba... quizás esa fuerza llamada "deseo de acumulación", que no es un deseo físico ni mental, sino que es una imposición de nuestro sistema capitalista, el gran titiritero... el que ríe desde la altura, y juega con nuestras voluntades al ritmo de sus manos, plagadas de hilos y de billetes. 

De manera que la ilustre universitaria, a la que habían prometido prosperidad económica y ascenso social una vez empleada en la financiera, se sumó a la hilera de trajes vacíos que buscaban recuperar la cabeza perdida en el intento de ganar y ganar y ganar...
Puede decirse que tampoco había gran cosa dentro de los trajes llamados "dueños". No se distinguían demasiado empleados de dueños, en cuanto al contenido mental y corporal. Ya que, tanto jefes como empleados, no pensaban ni sentían, sino que solamente deseaban. Eran presas de un deseo ciego, sordo y mudo, como animales sueltos en medio de la selva. A ambos tipos de trajes el deseo de acumulación los cegaba, pues no veían que estaban desperdiciando cada uno de sus días en nombre de un capital inexistente, virtual, especulativo, que ni siquiera los dueños podían tocar o tener en sus bolsillos; a su vez, este deseo de acumulación los volvía sordos, pues no escuchaban la necesidad ajena, y no cedían ni un centavo cuando alguien les pedía encarecidamente una ayuda económica; y este deseo, finalmente, los dejaba mudos porque, al haber perdido la cabeza, no podían hablar; y los siete dueños que no la habían perdido tampoco hablaban mucho entre sí, por desconfiar de sí mismos.

Transcurrieron unos cuantos meses así... unos sentados en sus escritorios, mirando hacia la nada, y esperando la hora de salir de ahí, buscando el camino más fácil para ganarse su porcentaje; mientras otros, más responsables quizás, se mantenían atentos a los mercados emergentes, a la suba y la baja del dólar, y a los manejos turbios de la timba financiera, que era el lugar adonde iban a parar todas las perdidas cabezas.

Los trajes empleados buscaban poder recuperar cada perdida cabeza, mientras que los dueños buscaban desesperadamente, y por todos los medios, no perderla. Trascurrieron así los días, tan grises como los trajes mismos, tan vacíos, insulsos y rutinarios, como el clima húmedo y obnubilado que podía verse a través de las dos grandes ventanas del frente.

Sin embargo, un día las cosas cambiaron. Porque el presidente de la financiera, aquejado por problemas de salud de larga data, sumados a la preocupación por las deudas en las que estaban inmersos, terminó por morir. La vida se le fue, como sus dólares y sus altos porcentajes ahí invertidos. Justo antes de empezar un nuevo año de rutinas especulativas en la empresa, feneció en la fila de un cajero automático. Se desplomó, como un fajo de billetes lanzados al viento, sin haber podido sacar del cajero su último porcentaje, y ahí las pocas caras que quedaban se ensombrecieron. Ahora se imponía la necesidad de encontrar un sustituto bueno y confiable, tanto como lo había sido el viejo en vida.

Ahora una gran pregunta se esparcía, como una sombra torva e inevitable, y lo cubría todo. Cada traje allí, fuera dueño o empleado, estaba oscurecido y preocupado por qué pasaría con el enorme capital del viejo jefe. ¿Se lo darían a su familia, se lo repartirían entre los hijos del viejo presidente, la opción más ética? ¿O bien los seis jefes que quedaban lo esconderían en la financiera, en actitud recelosa, sigilosa y malsana, para evitar que la empresa quiebre? ¿O bien, si los hijos recibían el porcentaje del viejo, se harían cada uno con parte de ese porcentaje para invertirlo nuevamente en la financiera?

Más grises que nunca, los trajes dueños, los que todavía podían hablar y opinar sobre el futuro de la empresa, que eran sólo seis, incluso pensaron en venderla. Pero realmente, aunque hubo algún lunático interesado, nadie se presentó con el suficiente sustento económico como para pagar un precio semejante. Se trataba de millones y millones... era casi imposible que alguien cercano la comprara.

Los trajes empleados intentaron aportar alguna idea, pero entendieron que no eran oídos por los dueños, pues no habían obtenido el porcentaje suficiente de las acciones que les permitiera tener una cabeza visible. De manera que, aunque gesticularan e hicieran ademanes con las manos y los hombros, no eran tomados en cuenta, debido también a que estos trajes empleados no podían oír ni ver claramente qué pasaba en la cúpula de la empresa. Eran sólo trajes en sus perchas. Aunque sí sabían que el jefe se había ido, ya que, al ir a su oficina, día tras día, no lo encontraban. Y, tarde o temprano, comprendieron la situación. Estaban en manos de nadie.

Las seis cabezas restantes se debatían, en el colmo de la preocupación, entre cafés y cigarros. Estaban atentos más que nunca a las corridas bancarias, y al precio del dólar, que ellos deseaban que subiera, pero que descendía cada vez más. Uno de los dueños, el que se había sumado más recientemente y había invertido menos capital en las acciones de la financiera, el que tenía menos porcentaje de todos, estuvo a punto de perder la cabeza una mañana; una mañana en que su mano temblorosa hizo que su codo resbalase por fuera de la mesa. Este acto fallido de resbalar su codo le hizo caer su brazo y golpearse fuertemente la garganta contra el borde del escritorio donde estaban todos los jefes reunidos. De manera que estuvo a punto de perder la cabeza, producto de los nervios, que recaían en él más que en otros, que tenían más capital invertido. Así que todos lo miraron con lástima y decepción, pues nadie que estuviera en su sano juicio podía permitirse flaquear ni perder la compostura en una situación así. Tales fueron las miradas de desaprobación sobre él en ese momento, que éste, el último de los dueños, el que menos acciones tenía en la empresa, juró poder conseguir algún inversor fiable, alguien que los salvara de la inminente ruina económica a la que se estaban ensimismando. Y aunque nadie lo amenazó con apartarlo de la cúpula de la empresa, esas miradas sobre él lo dijeron todo... de manera que, así de nervioso y preocupado como estaba, se ajustó el traje lo más que pudo, y salió de la oficina cuanto antes, para ubicar algún contacto que estuviera interesado en salvar la financiera, alguien que invirtiera en ésta el mayor capital posible. Era necesario. Había que llenar el vacío que habían dejado las acciones del viejo presidente, que ahora se hallaban enterradas junto a su tumba. Esas acciones representaban la mitad del patrimonio de la empresa, y los hijos del viejo habían iniciado acciones legales para asegurarse de que los seis buitres no se quedaran con ese capital, que les correspondía a ellos como herederos del padre benefactor del que todos dependían ahí, y que ahora era un ángel hecho ceniza, esparcido en el viento.

Los días pasaban, la desesperación crecía. Y el café que ahí se consumía, en cantidades industriales, no ayudaba a calmar los ánimos de los numerosos trajes grises. Los días pasaban, y las corbatas, tanto de los dueños como de los empleados, se veían cada vez más ajustadas, como si todos sintieran una soga lentamente cerrarse alrededor de sus cuellos, aunque muy de a poco, y a medida que la incertidumbre crecía. Es por esto que las frentes de los dueños transpiraban constantemente, con lo cual pusieron en práctica un plan de desodorización del ambiente, para que la clientela que entraba al lugar no sintiera el olor del miedo en los trajes grises, la sudoración, que hasta ese momento nunca había sido un problema. Para este fin designaron un "encargado del desodorante y la reposición de pañuelos higiénicos", algo que puede sonar ridículo, pero que habla del grado de insanía al que estaban llegando los jefes con las corbatas tan apretadas, y los trajes tan ajustados, que no les permitían pensar con claridad.

Al tener que ajustarse tanto por la falta de capital, y al no poder pensar claramente, producto de estar tan ajustados, los trajes dueños tampoco se percataron de que quizás, abriendo las ventanas, pudieran renovar el aire y, de este modo, oxigenar sus preocupadas mentes, llenas de humo y de café barato.

Tampoco se hacía sentir la presencia de aquella calificada mujer, la gran promesa, que hacía unos meses había llenado las oficinas con su voz melodiosa, y que había alentado tanto a los demás trajes... ¡La que, desde su escritorio, generaba más ventas que todos los jefes juntos, ahora no tenía ni voz ni voto! No era una cabeza visible como lo había sido, y únicamente se avocaba a obtener su propio beneficio, actuando mecánicamente, y haciendo sólo lo necesario para conservar su magro sueldo.

Aunque, claro, no todo es trágico en esta historia de las empresas del capitalismo salvaje al que estamos tan acostumbrados en las grandes ciudades. No todo es incertidumbre y desesperación. Ya que, finalmente, apareció el tan deseado inversor. El lobo suelto entre tantos corderos atados hizo su milagrosa aparición, de la mano de aquél que lo arrastró hasta la empresa, el último de los dueños, el traje con cabeza que tenía el menor porcentaje de las acciones. Bien, fue él finalmente quien salvó a la empresa de la quiebra inminente, atrayendo a este tal López, un hombre de baja estatura, con maneras aceleradas, y cierto aire de fanfarronería. Igualmente, a nadie importó su forma de ser, mientras realmente garantizara una inversión cuantiosa, casi tanto como lo había sido la del anterior presidente. Y se hizo socio de los viejos seis jefes. Y todos ellos sonrieron ampliamente el día que firmaron su incorporación como inversor accionario; y los empleados sin una cabeza visible, al comprender lo que sucedía, rieron para sus adentros y movieron sus pináculos de percha en señal de aprobación, felices de que las acciones perdidas con la muerte del viejo presidente ahora estaban casi recuperadas.

Algunos pudieron dar gritos de jolgorio, y otros sólo pudieron aplaudir con sus mangas.

Se hizo una gran fiesta en la empresa, se contrató un completo catering ejecutivo, donde no faltó un número musical, un karaoke, una mesa con entradas, plato principal y postres a elección. Y bebidas espirituosas... Aunque claro, hubo un serio problema entre trajes dueños y trajes empleados, pues estos últimos hubieran deseado poder tener una cabeza que les permitiese disfrutar de los manjares y los tragos. Aunque en un principio parecieron ofuscados, bien fueron tranquilizados por los jefes, que les prometieron que recuperarían sus cabezas ahora que la empresa prosperaba. Así y todo, se dio una paradoja: mientras aquellos deseaban tenerla para disfrutar del festejo, los jefes, en cambio, queriendo olvidar las viejas preocupaciones, hicieron todo lo posible por perder la cabeza, entre el consumo de alcohol, la música fuerte y el catering orgiástico que ahí ingirieron.

Sin embargo, a pesar de estas diferencias entre unos y otros, había algo que los seguía uniendo como una hermandad: el ciego, sordo y mudo deseo de acumular más capital. Aunque el destino de sus días se les fuera en ello.

En esa incipiente felicidad hecha de números y de porcentajes anduvieron, dichosos, los trajes grises. Ahora se paseaban activamente por las oficinas, e incluso los vagos hacían algo más que mirar hacia la nada en sus escritorios. Aunque, claro, cuánto más trabajaban los empleados, más tiempo libre se tomaban los jefes, que salían afuera a despejarse, a tomar café en alguna esquina o a fumar en la vereda de la financiera. El buen augurio de que ésta creciera les llevó a pensar en instalar otras sucursales en otras ciudades. Y a eso se dirigieron dos de los trajes con cabeza, a buscar posibilidades de inversión inmobiliaria en lugares del interior del país.

Una pobre y vacía felicidad recorría sus corazones, como un río de números. Y ahora todos los trajes andaban más sueltos, ya sin necesidad de ajustarse tanto, ya que López, el lobo inversionista entre tantos corderos ahora sueltos, garantizaba la tranquilidad que un día habían perdido, y les permitía no tener que ajustarse y achicar gastos. Con lo cual, se instalaron nuevos sistemas de aire acondicionado, para evitar la sudoración, y en invierno los trajes pudieron desajustarse aún más. También se incorporó un sistema estereofónico que transmitía música relajante en todas las oficinas, para calmar las tensiones; también un buffet, un servicio de cafetería mediante botones en cada escritorio, e incluso se adquirió una limusina con dos choferes que hacían de guardaespaldas si fuera necesario. También se contrató más personal, todos perfectos trajes en sus perchas, y se habilitaron módulos traseros para tener más oficinas.

Todos los cambios apuntaban a mejorar el rendimiento y la productividad de la empresa. Incluso, se contrató un asistente psicosocial para atender al ánimo de los pobres trajes sin cabeza visible... aunque éstos lo veían como amigo de la casa, y nunca supieron que estaba ahí para controlar sus conductas.

Ahora los empleados, los vagos y los obedientes, trabajaban incesantemente, comprendiendo que era el único camino para obtener un mayor capital, para obtener ese porcentaje de acciones tan deseado que les permitiera, por fin, recuperar sus perdidas cabezas. La inversión hecha por López había ampliado los horizontes de la financiera, atrayendo a más clientes y a otros inversores menores.

Y en esas tratativas estaban, en esos intentos de ampliar la financiera hacia otras sucursales del país andaban los laboriosos títeres del titiritero, cuando un día, uno de los insulsos y grises pero felices días de trabajo, ocurrió lo impensado. Llegó una carta a las puertas de la empresa, requiriendo la presencia inmediata de López en los tribunales de la ciudad, por un hecho del cual se lo imputaba. En la carta decía que había un juicio abierto, y que dicho personaje debía presentarse ante la Justicia o, de lo contrario, sería requerido por la fuerza pública.

En el clima de prosperidad que se vivía en las oficinas esto fue tomado en broma, y López aseguró que alguno de los tantos amigos que tenía en el poder judicial le estaba tirando la manga en una clara actitud jocosa. 
“No, esto es seguro una joda, tiene que serlo”. Y dijo, mirando a las otras seis expresiones convulsionadas: “El lobo nunca abandonaría a sus corderos. Ya averiguaré quién fue el bromista, y lo menos que me debe es un café, por el mal susto”. A lo cual todos asintieron, y todos rieron. Porque esa carta no se correspondía con la vacía pero segura armonía que ahí reinaba desde su llegada.

El día terminó como los demás, gris y ajetreado, pero esta vez la incógnita como gancho de percha no estaba solamente en los trajes empleados, sino que en las cabezas de los jefes también asomaba una inevitable sospecha. De qué se trataría esa acusación y, de ser cierta, qué implicaría en el futuro de López y de la financiera misma
… 

Al día siguiente, desestimando completamente lo que había ocurrido el día anterior, López se presentó a primera hora en la empresa, como siempre, pero esta vez estrechó las manos de los jefes con demasiada fuerza, y sacudió las mangas y rozó los codos de los trajes emperchados con un énfasis poco usual. Pero las oficinas siguieron llenas de llamados, rebosantes de clientes que iban a sacar un préstamo, y plenas de olor a café y cigarro. Esto fue un viernes.

Transcurrió el fin de semana. Y, al lunes siguiente, ocurrió lo peor. Acudió la policía en mitad de la mañana, ingresando a la financiera, preguntando por López, el inversor de poca estatura que había sacado a flote a los pobres náufragos
… Y se lo llevaron por la fuerza, sin mediar palabra, y sin permitir que el lobo entre corderos diera un último zarpazo a la taza de café que estaba tomando.

Poco después, todos supieron la verdad del asunto. Tras una charla en un café con un contacto que la firma tenía en tribunales, los seis jefes restantes se enteraron de que el tal López no era el potentado inversor que había dicho ser. Era un aficionado a la estafa, ya que había evadido al fisco durante décadas; es decir, no había pagado los impuestos correspondientes desde que se inició en los negocios, y esto le había permitido adquirir múltiples empresas, y esta estafa reiterada al Estado es lo que le había permitido tener la suma millonaria que invirtió en la maltrecha empresa financiera. Había hecho, de la misma, otro de sus negocios sucios. No sólo no la había sacado a flote, sino que la había hundido completamente. Porque ahora esta empresa también estaba implicada en los delitos del ángel benefactor.

Después de todo, era cierto lo que decía
… "El lobo suelto nunca abandonaría a sus corderos atados". Suelto o no, se los devoraría de una forma u otra. Quizás, sin él hubieran logrado salir adelante, quién sabe… pero, con él, ahora estaban todos, jefes y empleados, bajo la lupa de la justicia. Estaban siendo investigados, y tarde o temprano el Estado se apropiaría de la mayor parte de las acciones de la financiera, que a esta altura eran producto de las inversiones que había hecho López, en su mayor parte. ---------------------

Fue cruel y devastadora esta noticia para los seis jefes, en el momento en que la recibieron. En aquél maldito café de una esquina cualquiera de esta ciudad, donde estaban reunidos, la preocupación se adueñó de sus cabezas, que se debatieron durante una hora sobre cómo hacer para no perder aquel capital. Le reclamaron una ayuda al contacto de tribunales aquél, e
ntre un pocillo de café y otro, pero él les confirió que nada podía hacerse… eran delitos muy graves, que lo llevarían a la cárcel a López; y seguramente se confiscarían los bienes de la financiera, por estar construida sobre ese capital mal habido. De manera que, en aquél devaneo de café hirviente, entre humos y preocupaciones, y frente a aquél futuro negro que se avecinaba sobre ellos, los seis trajes grises terminaron por perder la cabeza, ahí mismo, en esa mesa. Y el contacto de tribunales, al ver que poco a poco los trajes se vaciaban de contenido en su parte posterior, huyó espantado, comprendiendo que aquellos hombres, en el intento de ganar más capital, simplemente habían perdido la cabeza. 

Luego de esto, ese mismo día, los jefes volvieron a la financiera, ingresaron e intentaron algún diálogo con los trajes empleados, para explicarles lo que había ocurrido. Quisieron expresar alguna idea, para salvar las pocas acciones de las que ahora dispondrían, pero fue inútil todo intento de comunicación entre unos y otros. Todos habían perdido la cabeza en el intento de ganar más capital. Ya nadie oía ni veía claramente ahí, todos actuaban en forma automática, como siempre lo habían hecho; y, sin ninguna cabeza visible que los representara, sin nadie que pensara, hablara y oyera por ellos, era imposible todo intento de salvar la empresa.

Quizás, si hubieran empleado sus días en valorar los aspectos bellos de la vida, como el arte, los viajes, los deportes, la reflexión, el ocio y la lectura… Si quizás los trajes grises hubiesen sido seres luminosos que no dedican su vida únicamente a obtener un mayor porcentaje, sólo entonces, quizás, hubieran conservado sus perdidas cabezas. 


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Story property of Fede Ferraro. All rights reserved. SADE, Bs As, Argentina.

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(Descripción/Tags: humor #absurdo, pantomima, ridiculez malsana, #horror satírico. #Horrorfinanciero. #Sátira. #Crítica al #capitalismo)



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  1. Aunque el autor del blog, Fede Ferraro, discrepe consigo mismo en cuanto al fundamento ideológico que se le puede atribuir a este relato (digamos que ve un marco distinto para el mismo cuadro cada vez que lo mira, si vale la metáfora) al menos hay dos o tres ideas de un autor que indiscutiblemente aportan su peso en la "medición ideológica" de este relato:

    1) De Marx, el concepto de que el hombre capitalista, al invertir la mayor parte de su tiempo de vida (lo que él llama la "vida genérica") en la obtención de dinero para hacerse de objetos; es decir, al volverse su vida un medio para la obtención de objetos, él mismo termina por convertirse en un objeto. De este modo, no se distingue entre ser y objeto, perdiendo el hombre su carácter humano.

    2) Otra idea de Marx es lo que llama la "alienación", y tiene que ver con eso precisamente, con el trabajo forzado que le demanda todas las horas libres de su vida para realizarlo, y con el sentir que la misma vida no le pertenece, que es propiedad de otro. El trabajador del sistema capitalista recibe un pago desigual por su trabajo, debido a la plusvalía, que es el porcentaje de dinero que su empleador le da de menos. Aquella parte del sueldo que debiera dársele y que, en vez de eso, se queda su empleador es el orígen de la desigualdad.

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